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Recuerdos ( Cuento )

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  •      Tal vez sólo a usted le interese la historia de sus vidas, porque los conoció. Como sabe, no tuvieron hijos y ya no les quedaba familia. Siempre conservaron los mismos hábitos. Había un montón de complicidades entre ellos y se comprendían a medias palabras. Pasaron juntos una larga vida con risas, lágrimas, abrazos, confesiones, silencios. A veces me parece que el tiempo no ha pasado.
  •      Cuando él volvía de su despacho, ni bien comenzaba a anochecer, lo primero que hacían era cenar. Casi siempre cenaban en silencio, luego se sentaban en la sala de juego en sus sillones preferidos frente al tablero de ajedrez. Yo le acercaba la mesa rodante con bebidas y me retiraba. Jamás me acosté antes que ellos. Cuando terminaban el juego y se iban a dormir, yo les ordenaba los trebejos. Siempre lo hice durante cuarenta años.
  •      A veces ponían música pero yo igual los podía escuchar desde la cocina. El señor Emilio escondía un peón en cada puño cerrado y le daba a elegir a la señora Elvira. No sé para que, porque siempre empezaba ella. Tenían por costumbre mientras jugaban, charlar sobre lo que habían hecho en el día. Sólo una vez los oí discutir y me sorprendió bastante. Fue hace muchísimo tiempo, yo me acuerdo porque fue la noche del tornado. Después de un rato subieron con una botella de champaña, a la mañana siguiente bajaron sonrientes como siempre.
  •      Fueron pasando los años y su aspecto físico cambiaba, otro corte de pelo, las ropas más holgadas. Los viajes comenzaron a ser más espaciados, él trabajaba menos y caminaban bastante por el jardín. Por las noches las partidas continuaron.
  •      Al principio los visitaban algunos parientes y amigos, pero con el tiempo dejaron de venir. A ellos eso no les importó, por el contrario, se sintieron aliviados para jugar tranquilos. Si tenían dificultades o tristezas, lo disimulaban jugando.
  •      Los recuerdo más delgados, con las cabezas blancas, sentados frente al tablero. Pensándolo bien, vuelven a mi memoria algunos pasajes de sus últimas charlas.                
  •     Envejecer los angustiaba. Dejaban asomar la amargura de estar viejos. No se resignaban a sus cuerpos. Es cierto que habían encanecido y que su piel se fue agrietando, pero para mí conservaban la misma vitalidad y buen humor.
  •    Una noche la señora Elvira se puso un vestido largo y el señor Emilio un smokin. Durante la cena hablaron mucho sobre el viaje que iban a emprender al día siguiente y de la ropa que iban a llevar. Cuando terminaron de comer les llevé café y me invitaron a sentarme con ellos para recibir las últimas instrucciones. Me entregaron dinero y la llave de la caja de seguridad. Me dijeron que estarían ausentes bastante tiempo. Luego me hablaron de los países que iban a visitar. Nombraron lugares extrañísimos para mí, nos reímos mucho. Reconozco que con ellos pasé muchos momentos de alegría.
  •    Cuando entraron a la sala de juego me pidieron que les dejara otra botella de cognac porque querían festejar. En realidad siempre festejaban, no sólo los cumpleaños y aniversarios. ¿Cómo me iba a imaginar que se tomarían dos botellas? ¿A quién se le ocurre que a los ochenta y siete años se pueda beber tanto?
  •   Lo único diferente que noté esa noche es que hablaron más fuerte que de costumbre, tal vez quisieron que yo los escuchara. Agregué algunos leños en la chimenea y me quedé un rato para verlos. Se pusieron de acuerdo para jugar la misma partida que habían jugado la primera vez. Ahí me enteré que se habían conocido en un torneo. Luego dejaron de hablar y yo me retiré.
  •   Más tarde les pregunté si querían un té. Estaban concentrados en el juego, haciendo girar las copas entre las manos. Como no me contestaron, volví a la cocina, estaba acostumbrada.
  •   Me acuerdo cuando el señor Emilio dijo:
  •   --Jaque.
  •  La señora Elvira, en vez de contestar el desafío, le dijo que todas las imágenes que regresaban a su mente tenían muchos años. Y que los recuerdos más lejanos parecían los más hermosos. Hicieron silencio un rato y el señor Emilio le pidió que no hablaran de eso. Después la señora le dijo que lo quería más allá de todo. Y que era preferible para los dos hacer tablas.
  •   En realidad no alcanzaba a entender el sentido de sus palabras. Dormité un rato, al despertarme y no escuchar nada, entré en la sala.
  •   El señor Emilio y la señora Elvira estaban con las manos entrelazadas y con sus cabezas apoyadas sobre el tablero. El rey negro y el rey blanco también estaban juntos acostados sobre el tablero de ajedrez, rociados por el olor amargo del cognac.

ISBN: 987-554-000-5

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