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La Polvera ( Cuento )

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  • Esa noche Mónica compró un ramillete de flores, las puso en un violetero sobre la mesa de luz y abrió de par en par las ventanas del balcón del dormitorio. Entró en el baño, se miró en el espejo y sonrió a sus últimas horas como mujer soltera. Unos minutos después elaboró mentalmente la lista de las cosas que iba a llevar a su luna de miel. Hacía mucho calor, el aire pesaba y la luna parecía abrir sus ojos de raso sobre un cielo que se negaba a oscurecer del todo. El cansancio acumulado no le importaba, se subió a una silla, bajó del ropero la valija para llenarla con su ajuar y la puso sobre la cama. Hizo un alto y cuando daba el último trago a su café, recordó que le faltaba poner los zapatos, las sandalias y las zapatillas.  
  •      Entró al dormitorio y sentada en el suelo sacó del ropero una caja. La volcó sobre el piso. De pronto dentro de una bota vieja encontró la polvera ovalada con incrustaciones de nácar. Se quedó asombrada. Creyó que la había tirado mucho tiempo atrás. De pronto se encontró dividida entre el recuerdo de un antiguo novio y la inmensa alegría de tener con quien compartir el resto de su vida.
  •      No acertó a hacer otra cosa que recorrer la habitación, con la polvera en la mano, andando tan rápido como si tuviera que llegar a tiempo a alguna parte, hasta que se cansó y se sentó sobre la cama.
  •      Entonces recordó su frustrada relación con Aníbal. Habían salido casi un año pero la relación no prosperó. Recordó aquella noche en que ella estaba tomando un baño caliente, con aceite de esencia de pino y un vodka con jugo de naranja cuando sonó el teléfono. Aníbal con voz seductora la invitó a cenar. Al principio pensó en decirle que no quería volver a verlo, pero como era sábado y no tenía con quién salir, aceptó. Quedaron en encontrarse en el restaurante francés. En cuanto colgó el teléfono y miró la hora, se dio cuenta de que aquello era una emergencia. Se depiló las cejas y las piernas con cera, hidrató la piel y se maquilló. Finalmente, salió despampanante.
  •      Comieron casi en silencio y a los postres, ella se levantó y fue al baño para agregar rimel en las pestañas y pensar. Ya no era como antes, trataba de entusiasmarse pensando que tal vez le pasaría esa impresión de desagrado. De todos modos no estaba descartada la posibilidad de no querer volver a verlo. Regresó, sobre la mesa había un sobre rosa y dos copas con champagne. Aníbal la sorprendió con un regalo inesperado. Pasajes a Europa y a un crucero por las islas griegas. Entonces se le metió en la cabeza decirle que no aceptaba, pero de inmediato pensó en Grecia. Siempre soñó con visitar el lugar donde todo estaba sostenido por el pasado, la leyenda, la noción de eternidad. Y, además, las islas. ¡Qué podía perder! Después de brindar revivieron el momento en que se conocieron, corriendo, en Palermo. Hablaron del itinerario y de lo romántico que iba a ser estar juntos tanto tiempo.
  •           Esa noche apenas durmió, trató de imaginarse cómo sería navegar en un crucero. Su única referencia eran los folletos y las películas en donde miraba a los pasajeros bronceados, sonrientes, con bebidas en sus manos, comiendo suculentas comidas y bailando bajo la luna hasta el amanecer. Dedicó un siglo a elegir la ropa que llevaría, en especial, un vestido negro ajustado para la cena de gala del capitán.
  •      También recordó su alegría al subir del brazo de Aníbal la planchada del barco. Dejaron las valijas y se apresuraron a reservar un turno para cenar, después corrieron con los salvavidas para las instrucciones, cansados volvieron al camarote.
  •      Aunque el barco era muy viejo, la comida escasa y los espectáculos mediocres, trataron de disfrutar lo máximo posible. La primera noche fueron a bailar. Aníbal estaba animado, reía sonoramente y levantaba su copa primero para uno, luego para el otro. Mónica escuchaba su voz, se deleitaba en el brillo de su mejilla. Le acariciaba el pelo, reposando su cabeza en él para recibir, en su cara, su aliento. Más tarde les enseñaron algunos pasos distintos para bailar pero cuando estaban en la pista, el barco dio tal bandazo que Aníbal rodó por el suelo con tanta mala suerte que se golpeó contra un piano. Mónica tuvo una visión inquietante como un presagio.
  •      La noche de gala del capitán se puso el vestido negro. El barco se movió todo el tiempo y provocó descomposturas en casi todos los pasajeros. Aníbal le dijo que además de estar mareado sentía una dolorosa molestia en la rodilla. Mónica presintió dificultades.
  •      Al otro día, Aníbal prefirió quedarse en el barco al llegar a una isla, le dijo que no quería forzar la pierna. Si bien Mónica tenía el deseo de estar juntos el mayor tiempo posible, no quiso perder la oportunidad de conocer el lugar que tanto le habían comentado. Bajó la planchada con un poco de culpa.    
  •      Entró por un arco de piedra a una fortificación medieval amurallada que encerraba la ciudad. La calle principal serpenteaba el centro flanqueada de negocios y confiterías. Se puso a caminar luchando por mantenerse optimista y ser positiva, después de todo, pensó que Aníbal sólo había tenido un simple golpe. Tomó por una callecita angosta, adoquinada y en sombra. Arriba había ventanas y balcones con flores colgando. Sus pasos ni se escuchaban y abriendo los brazos casi se podían tocar ambas paredes. Se veían pocas personas caminando por ahí. Se sentó en un banco de piedra, miró hacia un lado y hacia el otro y vio un antiguo templo.
  •      Entró, se detuvo después de cruzar la puerta, esperó a que sus ojos se ambientaran a la penumbra. Vio a una anciana, rodeada de turistas, que contaba la historia del lugar y de sus reliquias. Al terminar dejó entrever que ya no tenía ganas de seguir informando, ni de escuchar más preguntas. Oyó una voz que pedía permiso para sacar fotos, la mujer negó con la cabeza y se encaminó a la puerta seguida por el grupo.
  •      Entonces Mónica escuchó una música estridente que se adueñaba del lugar. Sorprendida buscó el origen del ruido. Descubrió en un costado a un hombre, vestido de negro, que tenía una radio colgada de un hombro y una cámara fotográfica en sus manos. El hombre corrió una cortina y sacó una fotografía de una reliquia.
  •      Mónica quiso acercarse y explicarle que no se podía fotografiar en un templo, pero el hombre se fue tan rápido que no alcanzó a detenerlo. Supuso que era un coleccionista con una suerte de deseo insaciable, sólo por el gusto de exhibir la foto, enmarcarla, y oír que otros la admiraban. El hombre negro en la penumbra, con su música, su conducta inadecuada y los recuerdos la pusieron molesta. Se dio vuelta y caminó hacia la puerta como quien huye de una profanación. Fastidiada, salió buscando la luz y el sol. 
  •      Desembocó en una plazoleta y se sentó en la vereda de un bar. Un mozo le sirvió una copa de ouzo acompañado de un plato con aceitunas negras y pistacchios. Fumó un cigarrillo tras otro y comió las aceitunas sin dejar de preguntarse hasta qué punto debía preocuparse por Aníbal, si al fin y al cabo nunca habían vivido juntos. Además, no tenía alma de samaritana. Pensó que sus pensamientos la habían llevado peligrosamente cerca de un estado que no le gustaba, el de no pensar en sí misma. Se detuvo, sorprendida al darse cuenta de algo sensacional: no estaba enamorada de Aníbal. Libre de culpa aplicó el remedio habitual, que consistía en comprarse algo.
  •      Sin dejar de observar a derecha e izquierda, inquieta y ávida, vio un negocio de antigüedades justo frente al bar. Dejó sus cigarrillos, la copa de ouzo y algunos folletos sobre la mesa y cruzó la calle.
  •      Se detuvo en la vidriera del anticuario y en el reflejo de la sombra de los cristales se reconoció más pálida que una palangana blanca de porcelana que veía en la vitrina. Se dijo a sí misma que debía tomar más sol en la cubierta del barco. Entró, la habitación parecía muy llena, desordenada. Había antiguas terracotas, tallas de piedra, camafeos y jarrones sobre una mesa y en las vitrinas orfebrería y joyas. En las paredes colgaban pinturas de artistas locales. Prestó atención a una polvera, parecía descuidada, cubierta de hollín. Preguntó el precio, le pareció que el dueño no era consciente de su valor, la examinó. Era ovalada de un color gris plata con incrustaciones de nácar. Presionó una tecla y la abrió. Dentro había un espejito con iniciales, y un polvo rosado cubierto con  un cisne. La compró. Por un instante aquella compra tuvo un extraño efecto calmante en ella.
  •      Volvió al bar y se empolvó las mejillas. Pese al esfuerzo, no dejaba de pensar en lo irritada que estaba por no poder disfrutar a pleno, recordó con nostalgia el largo viaje que había hecho con su amiga, a una isla exótica del Japón, sin ningún tipo de inconvenientes. Era absurdo, pensó, mientras trituraba en su boca pistacchio fresco y crocante, pasar horas en esta ciudad sin hablar con nadie, pero si por lo menos pudiera resignarse, encontrarle su lado bueno a ese especie de sopor; hacía años que no le ocurría eso de quedarse así, perdida entre los vapores del alcohol y del tabaco, persiguiendo sueños y pensamientos que no conducían a ninguna parte. Una y otra vez trató de desviarse de la idea que tenía enfrente, pero fue inútil. Estaba por levantarse cuando se le aproximó una gitana. Vestía una pollera estampada larga, blusa de algodón crudo, faja tejida de varios colores apretando su cintura y un pañuelo verde envolviendo su pelo. La gitana le tendió una mano pequeña de uñas rojas, con anillos en todos los dedos y pulseras de oro en sus muñecas. Mónica la miró perturbada, incapaz de apartar la vista de esos ojos acentuados por el maquillaje. La gitana le examinó las palmas de sus manos y le dijo que tenía ascendiente Escorpión porque estaba marcada por los signos del sexo y de la muerte. Cuando desapareció la pitonisa, Mónica retornó al barco.   
  •       Después de cenar reunieron a los pasajeros en un salón. Un guía les dijo que a la mañana siguiente iban a visitar una isla volcánica. Que los atardeceres eran una copia de la eternidad fracturada en instantes, como si la divinidad renaciese cada día desde el fondo de los siglos. Y que la isla fue un producto de una sucesión de explosiones ocurridas en 1620 AC. , Billones de toneladas de lava, cenizas que fueron sepultando varias ciudades, una encima de la otra.
  •      Esa noche tuvo pesadillas. El sueño tomó vida ante sus ojos. Soñó que ella y Aníbal subían al volcán en medio de una nube negra, sintió el calor en sus mejillas y el suelo temblando debajo de sus zapatos. Cuando una estrepitosa explosión y un borbotón de rocas de un rojo ardiente los alcanzó, se refugiaron en una cueva. Estaban escondidos en la boca del volcán, envueltos en su lengua de lava. El gigante soñoliento se había despertado, vomitando destrucción. Se despertó sudando entre las sábanas.
  •      Por la mañana, al ir a desayunar, Aníbal rengueaba.
  •      -- ¿Te duele la pierna?
  •      --No, estoy perfecto.
  •      Desembarcaron en lanchas para recorrer la isla. A poco de llegar Aníbal quiso sentarse. Mónica dudó un instante, tenía ganas de visitar un cráter pero él no quiso moverse del lugar. Eligieron un bar con una amplia terraza, un mozo les trajo una fuente con rodajas de queso y tomate rociadas con aceite de oliva y dos copas de vino blanco que bebieron lentamente. Mónica quiso mirar las vidrieras de las joyerías, pero se dio cuenta de que él no tenía intenciones de salir del bar. Había llegado la hora y el milagro cotidiano de la isla volcánica se produjo: el sol anaranjado acababa de desaparecer en la línea azul del mar Egeo. Las siluetas diminutas de los últimos burros que subían por el sendero de piedra y el perfil de las barcas depositadas en la bahía, comenzaban a perder formas. Ella imaginaba que las nubes eran vapores que subían de la cima del volcán, a la deriva, se hacían más espesas y crecían. Le pareció que la tranquila montaña asentada bajo el sol podía provocarle un ensueño sobre la calma que sigue a la catástrofe. Mónica pensó un rato y finalmente le dijo que le gustaría recorrer las calles con sus casas blancas, estilo mediterráneo, con techos y ventanas azules. Él dudó y finalmente aceptó de mala gana. Mónica cada tanto lo miraba molesta. Aníbal caminaba muy despacio. Y al rato de andar era tiempo de volver a tomar la lancha.
  •      Cuando el barco se alejó de la isla, él se fue al camarote y ella se quedó sola en cubierta contemplando el contraste entre la viva luz de las tabernas escalonadas en la ladera y las pálidas estrellas que creaban un extraño efecto: el pueblo en la punta de la isla, parecía literalmente colgado del suave cielo. De pronto, los acordes de una canción griega escaparon de los parlantes y derramaron su melodía. A Mónica le pareció escuchar el atroz estruendo del volcán que se preparaba para una erupción.
  •      Al otro día por la mañana bajaron del barco. Aníbal con el dolor reflejado en su cara tomó a Mónica de la mano, acariciándole los dedos con ternura. A ella le zumbaba la cabeza, le parecía que algo, una arteria o su corazón, iba a estallar. No estaba acostumbrada a cuidar, era verdaderamente intolerable, debía darle un corte.
  •      Subieron a un autobús, con otros turistas, para conocer el Partenón.
  •      Hacía calor, Mónica siguió al grupo y al guía que treparon la colina de la Acrópolis. Aníbal quedó retrasado. Desde el momento en que estuvo en el Partenón entre lo divino y lo humano, Mónica imaginó que era una griega de otro siglo. Se alejó del grupo y se sentó sobre una piedra. Le pareció ver a los turistas, con largas túnicas, subir a implorar a los dioses. Entonces reparó en Aníbal, tan distinto al hombre que corría con ella, ahora era una molestia. Iba a hablar con él sin falta esa noche. Estaba analizando si volverse o continuar sola cuando un turista le pidió que se corriera para sacar fotografías.
  •      En el hotel ella quiso quedarse para que Aníbal pudiera reponerse pero él insistió en salir para conocer la zona antigua poblada de callejuelas, bares y rincones íntimos. Mónica pensó que en ese estado sólo podrían recorrer algunas cuadras, pero al verlo tan animado, lo pensó mejor. Al fin y al cabo si él quería volverse, ella podía seguir sola, se puso un conjunto azul y salieron.
  •      Caminaron entre la gente y se contagiaron de la alegría y de los cantos. Aníbal le compró en un negocio barato una figura de la Diosa Afrodita que se fabricaba por miles. Eligieron una taberna para cenar. El mesonero los condujo a una mesa de madera con mantel a cuadros bajo unas glicinas rojas. Mónica depositó la figura sobre una silla. Saborearon el kuftés y los brochettes de ternera con lentitud, estudiándose con la mirada. Caía la tarde y vieron como, poco a poco, se iluminaban tres monumentos en una colina, brindando un marco espectacular. Al terminar de cenar, ella le propuso seguir disfrutando de las encendidas noches griegas en otra taberna, al ritmo del típico bouzouki. Él la acompañó pero el ritmo no surtía en él ningún efecto. De a ratos le pedía a ella que le mirara la rodilla por si se le había hinchado.    
  •       Aníbal y Mónica llegaron a Roma un domingo, arrastrando las valijas. Recorrieron el aeropuerto hasta llegar a una oficina. Un empleado les dio las llaves del auto que habían alquilado. Tomaron la autopista para dirigirse al sur. Durante kilómetros buscaron una estación de servicio, ella estaba ansiosa, pensó que se quedarían varados en la ruta. Después de cargar nafta ella quiso conducir, Aníbal se negó. Esa noche se alojaron en un hotel antiguo restaurado frente al mar. Como Aníbal decidió quedarse a reposar, Mónica salió sola a recorrer el pueblo.
  •      Al otro día bien temprano salieron para recorrer la costa del Mediterráneo. La ruta angosta, elevada, pasaba por distintos pueblos. Mónica tuvo deseos de quedarse en alguno, sus calles empinadas y con adoquines la deslumbraron. Sólo pararon a tomar un café, Aníbal quería seguir viaje sin detenerse demasiado. Había mucho tránsito y las curvas eran peligrosas, ella le dijo que quería conducir, él le contestó que prefería hacerlo solo. Como a las cinco de la tarde pararon a beber café. El paisaje de las montañas con la caída de la tarde era sobrecogedor. Mónica se sintió agotada, por lo cual le propuso que se alojaran en el primer pueblo. Aníbal, primero se negó, pero algo vio en su cara que le hizo cambiar de parecer.
  •      Al otro día llegaron a Taormina. Encontraron un hotel frente al mar a unos kilómetros de la ciudad. Compraron comida y se sentaron en el balcón. El sol se escondía en un atardecer lento, tiñendo los cielos de colores rojizos. De vez en cuando lo miraba, recibía su cabezazo de aprobación. Cuando le propuso salir a caminar, él se excusó. Mónica tuvo ganas de arrojarle un velador por la cabeza, en cambio le sonrió de manera beatífica, pensando que pronto todas esas cosas serían irrelevantes para ella. Revolvió el bolso, eligió el mejor camisón y entró en el baño. Aníbal ya estaba acostado cuando ella se deslizó entre las sábanas y lo abrazó. Aníbal le dio un fuerte beso, le dijo que lo disculpara porque le dolía la cabeza, se dio vuelta y se quedó dormido. Mónica se recostó encima de la almohada, pero no ocurrió nada. Siguió poniendo la cabeza en un sitio, luego en otro, pero seguía sin poder dormirse.
  •      Por la mañana sintió que la obsesión por estar sola, renacía. Cuando Aníbal le dijo que prefería quedarse a reposar por las dudas, salió del hotel y caminó unas cuadras para tomar un ómnibus. Recorrió algunas calles medievales y buscó en las vidrieras un par de zapatos para comprar. A ella le hubiera gustado estar acompañada pero en realidad estaba sola.
  •      Se sentó en un bar y entre cigarrillo y cigarrillo pensó en evaluar distintas estrategias. Pensó en el dinero y en llamar a su amiga para que le hiciera un giro. Después decidió que iba a seguir con él un poco más.
  •      A la mañana siguiente salieron a recorrer en auto y al pasar cerca del Etna, Mónica no quiso llegar hasta su base. Le pareció que el penacho de blanco humo se enrojecía, se hinchaba, se encumbraba en un árbol de ceniza que trepaba más y más alto. Le pareció que el gigante estaba a punto de exhalar piedras. Ella proyectaba sobre el volcán su carga de rabia. Nunca dejaba de pensar en el volcán y la sensación de desamparo que la acompañaba y a la que quería darle un corte.
  •      Una noche se aterrorizó, había terremotos en el centro de Italia y tenían pensado pasar por esos lugares. En la televisión mostraban la destrucción y a la pobre gente que había perdido todo. Esa noche volvió a tener pesadillas, el volcán gruñía, crujía y silbaba, sus emisiones de lava y piedras los alcanzaban.
  •      Aníbal intentó tranquilizarla, le dijo que no se preocupara, que iban a tomar otra ruta alternativa, lejos de los lugares del desastre. Ella lo miraba disimuladamente, se preguntaba qué hacía con él, ya no era el hombre encantador que había conocido. Además se quejaba todo el tiempo del dolor de la rodilla. Viajaron silenciosos aunque la única preocupada era Mónica, se culpaba por no decirle que se buscara un bastón o una enfermera. Ya no tenía ganas de aguantarlo, no iba a darle otra oportunidad, no confiaba en él, ni iba a perder otra vez los estribos.
  •     Mónica recordó cómo, noche tras noche, se despertaba y sus ojos se abrían en la oscuridad. Imposible dormir, imposible no pensar en cómo se había arruinado su viaje.
  •      Ni bien llegaron a Berna, Mónica le dijo que lo abandonaba. Ya estaba; la decisión se había tomado por sí misma y Mónica sabía que ahora ya no podía dejar de ejecutarla. Aníbal la miró, por un instante, con la expresión de un sanguinario asesino, sus frases hirientes sirvieron para revelarle la extensión de su desprecio hacia ella. 
  •      Y ahí había terminado todo.
  •      Mónica se levantó de la cama y tiró la polvera en la basura. Pensó que había sido una relación funcional, que eso pasaba normalmente cuando uno no tiene con quién ir de vacaciones. Se puso a reír por esa loca idea que tuvo de que Aníbal era la solución de sus problemas en aquel entonces. Al fin y al cabo pudo conocer Grecia, esa tierra distinta donde no hay límites para que la mirada se pierda en el mítico mar azul. Reconoció que aquel viaje le había tocado en lo más hondo de su espíritu como el atardecer de Santorini que se había quedado en ella para siempre con su sueño de belleza.
  •      Miró el reloj, no podía creer que el recuerdo le hubiera tomado tanto tiempo. Abrió la heladera y sacó aceitunas negras. Mientras las comía, puso un CD de rumbas, apartó con un suspiro el pasado y volvió a la tarea de completar la valija. Después, Mónica, tarareando, se entregó al cuidado de pintar las uñas de las manos y los pies de rojo fuego.

ISBM: 987-554-000-5

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Comentarios La Polvera ( Cuento )

!!!! como he viajado contigo!!!! , he visitado cada rincon, cada callejuela,cada ruina, me he sentido libre en tus salidas, en tus escapadas mientras el descansaba, y la verdad ha merecido la pena, con él no lo hubieramos pasado tan bien, ni hubiera tenido sensaciones tan intensas...... si algún día haces algún viajecito, me apunto, porfa no me digas que no, aunque sea para llevarte las malestas, ya haría yo mis escapaditas aleccionada por ti.... adelante estoy preparada, necesito muy poco equipaje y escaso dinero, solo llevo en  grancantidad necesidad de emociones y sentimientos.... seré feliz....espero tu aviso

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