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A orillas del mar

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  Una tarde de Enero, Blanca miraba su cama abierta y en gran desorden como si hubiera tenido pesadillas violentas. Si alguien le hubiera preguntado por qué estaba triste, habría contestado que se sentía muy sola en el día de su cumpleaños número treinta y dos.
Un año atrás, aún vivía su mamá. Recordó las veces que quiso rebelarse contra ella y no pudo. Antes de morir, su mamá le puso a su nombre una cuenta en un banco y le presentó al doctor Jiménez, su abogado.
   Blanca abrió su cartera y sacó un sobre. No había vuelto a leer la carta desde la muerte de su mamá.
   Querida hija;
   Aunque mi enfermedad ha sido una dura prueba para vos, estoy segura que vas a extrañar los momentos en que te consolaba para que no te preocuparas por la gordura, ni por la falta de estudios. Acordate de ser siempre atenta y cordial con todo el mundo, pero no seas amiga de nadie. Nunca regales ni prestes dinero, y si tenés alguna dificultad acudí a nuestro abogado pero no lo molestes demasiado, no le gusta.
   No escuches a la gente que habla en contra de la vida de soltero, el matrimonio no es lo que parece ser. Disculpame hija que sea tan dura, pero vos no pertenecés a la clase de muchacha que los hombres buscan para casarse. Es desagradable lo que te digo, pero lo hago por tu bien. Jamás te enseñé a mentir, pero si algún hombre te pregunta de que vivís, decile que de una renta pequeña. Me inquieta, hija mía, qué algún malvado se aproveche y trate de casarse por tu dinero. Te aconsejo vivir en alguna respetable pensión, es más barato que un hotel. Cuando te canses de una ciudad, trasladate a otra y no se lo cuentes a nadie, excepto al abogado. No pierdas ésta carta que con tanto cariño te dejo, leela muchas veces hija mía, todo lo dicho es cierto. Siempre estaré cerca para protegerte.
   El recuerdo de su madre apareció en sus ojos como tinta negra propagándose en un vaso de agua. Se tendió en la cama con las piernas colgándole por el borde. Apretó su cara contra la sábana arrugada y se pasó un buen rato llorando. Más tarde, decidió ir hasta el mar. Sus manos inquietas guardaron la carta en el sobre.
   Blanca caminaba con la cabeza baja, como alguien que soportase una pesada carga. Se sentó sobre la arena fina y trató de sacudirse los recuerdos. La playa estaba concurrida de bañistas vestidos de colores vivos. Al rato, Blanca volvió la cabeza y vio a un muchacho sentado al lado de ella. Era alto y joven, hombros anchos y ojos penetrantes y luminosos en su cara bronceada. En ese momento, Blanca sintió un fuerte impulso de romper la palabra que le había dado a su mamá.
   Él se presentó, dijo su nombre y apellido, Juan Calandra. Ella solamente su nombre. Se dieron la mano. Charlaron un rato y él la invitó a tomar un café.
   Juan le dijo que si no le parecía mal, para él sería un gusto invitarla algún día al cine. Blanca le preguntó dónde y cuándo deberían encontrarse. Ella no podía permitir que él fuese a buscarla a la pensión, odiaba y temía las habladurías porque era muy sensible a cualquier forma de ridículo.
   De esta manera, aparentemente casual, empezó la única gran aventura de la vida de Blanca. Su primera salida con Juan, las dos horas que estuvo con él en el cine, fueron una experiencia inolvidable. Aún ahora piensa en ella a veces. A los treinta y dos años era la primera vez que un hombre le acariciaba la mano.
   Día tras día fue estrechándose la amistad entre ellos. Y cuando por fin se convirtieron en novios, a las dos semanas, aceptó la proposición de Juan de casarse de inmediato.
   Juan le regaló un vestido azul, además de las alianzas. Blanca tuvo un momento de pánico al pensar en su mamá. Lo que la desconcertaba eran los regalos de Juan. Durante esas semanas había huido de los interrogantes, había esperado tanto ese momento, el amor y el casamiento. Quería aprovecharlo, siempre iba a tener tiempo para pensar.
   La noche de bodas Juan la llevó al mejor hotel del pueblo. Un olor a café la despertó por la mañana. Abrió los ojos y sonrió al ver sobre la silla su vestido azul. Se conmovió cuando Juan le acarició el pelo, le dijo palabras sencillas y dulces y le puso la bandeja con el desayuno. Miró su alianza, sintió un gusto a convalecencia, como si la voluptuosidad fuera un mal del que no se quería curar.
   Salieron tomados de la mano para alquilar una casa. Se acercaron al mar. La mayoría eran playeras construidas en parcelas de poca extensión o de alquiler de una sola planta. Juan prefirió una apartada del bullicio. Estaba encaramada sobre unos peñascos, sus bordes comidos por corrientes peligrosas, permanecía cerrada a los bañistas. Sólo pululaban las gaviotas por la arena.
   Solían sentarse a charlar en la galería mientras el océano pesado bostezaba allá abajo.
Un día se pelearon porque Blanca quiso colaborar con los gastos, Juan no aceptó y cuando volvió de hacer las compras, le trajo una pulsera de regalo. Blanca pensó que había vivido tan pendiente del universo de su mamá, que no era sorprendente que se hubiera vuelto seca como una piedra. Se sentía a la defensiva aunque sabía muy bien que esos pensamientos le hacían mal. Dejaría de pensar en su mamá, debía olvidar el pasado y cuidar su matrimonio.
   Al otro día, Juan le contó que siempre tuvo el sueño de poner un vivero. Tenía la idea de construir un invernadero junto a la casa y de ese modo iban a tener un ingreso para vivir. Le dijo que iba a salir para averiguar dónde podía comprar especies exóticas y que no iba a regresar hasta la noche. Juan se despidió con un cariñoso abrazo. Blanca se sintió sola y culpable por no confiar plenamente en su marido. Al otro lado de las cortinas oía el viento y el mar golpeando como visitantes fatigados.
   Como a las dos horas escuchó el timbre, dudó un momento, no conocía a nadie. Blanca abrió la puerta y vio a tres hombres que avanzaban, agachados, por el sendero llevando cada uno macetas con flores. Siguieron descargando de una camioneta y Blanca llegó a contar dieciocho, todas envueltas en papel de diario, una bolsa con tierra y tres pulverizadores con plaguicida. Los hombres le dijeron que las mandaba Juan Calandra.    Como ella no sabía dónde ponerlas, ellos las acomodaron en la galería alrededor de la casa. Uno de ellos le mostró un remito para que ella firmara. Blanca leyó;
Señora Blanca Calandra:
6 orquídeas Catteleya Aurantiaca, 3 amarillas, 3 anaranjadas rojizo.
6 “ Encyclia o limoncitos amarillas con fragancia
6 “ Laelia Autumnalis o flor de muerto, blancas.
1 bolsa de tierra y tres pulverizadores industriales.
   Blanca firmó y los hombres se marcharon sin dar las gracias por la propina. Blanca se sintió un poco arrepentida de no haberles dado más. Pero al pensar en lo rápidamente que se gastaba el dinero, le vino a la memoria algo que su mamá repetía; “Sé justa antes de ser generosa”.
   Contenta entró en la casa y pensó mientras cocinaba, que pronto cumplirían un mes de casados y ya su esposo había encontrado un trabajo para mantener el hogar.
   Juan regresó por la noche, parecía estar muy cansado. Al ver las macetas afuera, culpó a los hombres de inútiles. Dijo muy enojado que él tuvo mucho cuidado en seleccionarlas, más que nada pensando en lo exóticas que eran. Mientras las ponía en el comedor, le dijo que eran flores asombrosas, no sólo por su belleza sino por lo poco que se sabe de ellas y que eran de fácil cultivo. Estaba seguro que iban a ser favoritas en los jardines de los vecinos. Le dijo que confiara en él mientras recortaba con cuidado los diarios humedecidos que envolvían las flores dejando el resto del papel. Como no paraba de hablar en tono intenso supuso que Juan seguía enojado con los hombres.
   Las macetas ocuparon todo el comedor, apenas podían moverse; pero Blanca consideró que no era el momento para quejarse. El aroma de las orquídeas era dulzón y rancio. Se acercó a las ventanas y las abrió, el fresco olor marino invadió el lugar, luego sirvió la comida en silencio. Después de cenar, Juan la besó en la sien y le dijo que salía a caminar por la playa. Antes de salir, trabó las ventanas y le explicó que como las flores eran delicadas debían estar protegidas de las corrientes de aire fuertes.
   Blanca lavó la vajilla pensando que el enojo de Juan había sumergido su deseo de abrazarlo y darle un beso. No debía llorar. Se secó las manos en el delantal y se puso el camisón. Antes de acostarse tuvo una sensación extraña. Tenía la impresión de que su mamá se encontraba cerca de ella, como una presencia invisible, pero casi palpable. Se metió en la cama y se quedó dormida.
   Había transcurrido cerca de una hora cuando se despertó sobresaltada. Advirtió una línea de luz debajo de la puerta, pensó que su esposo había vuelto. Bajó de la cama y en vez de abrir la puerta como hubiera hecho en su lugar cualquier mujer, se puso a mirar a través del agujero de la cerradura. Su marido miraba una flor blanca con un gesto torvo que nunca vio en él.
   En la mañana estuvo muy amable con ella. Pasearon por el pueblo, el brazo de Juan rodeaba su cintura, envueltos en el silencio que une a los amantes confiados. Recorrieron los muelles y entraron en algunas tiendas para comprar comida.
   Al mediodía, Juan cocinó y cuando terminaron le dijo que tenía que ir a comprar maderas para construir el invernadero y que no regresaría hasta el día siguiente. Blanca se quejó porque no le gustaba quedarse sola, le dejaba demasiado tiempo para pensar.   Juan le dio un beso cariñoso, antes de irse le puso agua a las flores y las pulverizó con mucho cuidado.
   Cuando Juan cerró la puerta tras de sí, Blanca permaneció un momento en el comedor pensando que debía olvidar las campanillas de alarma que le señalaban dudas y peligro. Salió a la galería pero como hacía demasiado frío volvió a entrar. El comedor no resultaba el lugar ideal para pasar la tarde pero acercó una silla a la ventana y buscó las agujas de tejer. Enseguida las agujas restallaron y al rato bostezó y se quedó dormida. Y, al igual que la noche anterior, estuvo soñando con su mamá, pero de repente como si alguien la empujara decidió quitar el resto de los diarios que aún envolvían las macetas. Pensó que de ese modo quedarían más lindas. Fue a buscar un cuchillo a la cocina, y empezó a cortar las cuerdas. Aunque ahora estaba completamente despierta, tenía la certeza de que su mamá se había acercado a ella y aún cuando sabía que no era posible, tuvo miedo. Al retirar la hoja de diario que envolvía la primera maceta, vio que correspondía al diario favorito de su mamá, entonces lo hizo un bollo y lo tiró lejos.
   El olor rancio la molestó, pero no quiso abrir las ventanas para no contradecir a su marido. Volvió a tejer, enseguida empezó a bostezar y se quedó dormida.
   Una vecina se acercó a la casa de Blanca. Era una mujer corpulenta y agitanada, con grandes aros dorados en las orejas, nariz ganchuda y ojos negros. Vestía una túnica amplia de algodón gris, los pies calzados con sandalias. La vecina pulsó el timbre varias veces, como nadie le contestó rodeó la galería y espió a través de las cortinas. Al ver a     Blanca en el suelo quiso abrir la ventana, y como no pudo probó con la puerta que, ante su sorpresa, estaba sin llave.
   Cuando Blanca despertó, en la galería, no sabía dónde se encontraba. Luego se acordó. Todo le vino a la memoria. De repente se sintió angustiada, allí afuera, con una extraña que le preguntaba por qué tenían tantas flores si era alérgica. También le dijo que para ella esas plantas eran tóxicas y que debía sacarlas afuera. Blanca pensó que odiaba las fantasías que se le presentaban sin haber sido invitadas, porque rara vez era capaz de controlarlas. La vecina le dijo que le había traído una carta. Le contó los chismes del pueblo y le dijo que volvería al otro día para charlar. Se despidió y se fue.
   Blanca reconoció el sobre de su abogado, leyó la hoja escrita a máquina. El doctor Jimenez manifestaba su sorpresa ante la noticia de su casamiento. Y le pedía que viajara a la ciudad lo más pronto posible a fin de tratar acerca de un asunto relacionado con la inversión de una parte de su capital. Aunque estaba un poco mareada, Blanca decidió ir a verlo esa misma tarde, si se apuraba podría regresar al día siguiente. Pensó que tenía que dejarle algún mensaje para que su marido no se enojase, en caso de que volviera antes que ella. Tomó una hoja y le escribió que iba a la ciudad para ver al abogado, y que regresaría al otro día por la tarde. Puso la carta en un sobre y lo dejó sobre la mesa.
   La entrevista con su abogado fue corta y pronto se pusieron de acuerdo. Blanca se compró un vestido rojo y se cortó el pelo para sorprender a su marido.
   Caminó hasta su casa. Era un día frío y gris, de los que suelen hacer en la costa, días en los que el cielo está cubierto por un vapor espeso y sereno y no hay ni un rayo de sol ni una gota de lluvia. Encontró su casa cerrada y vacía. Juan no estaba, ni tampoco la ropa, ni las plantas, ni las joyas, ni el dinero.
   En el pueblo le dijeron que lo habían visto y que había dejado dicho que cuando su esposa regresara de la ciudad iba a pagar las cuentas e iría a reunirse con él. Pero aunque ella pagó todo, incluso siguiendo el consejo de su abogado, el alquiler del segundo mes de la casa, le fue imposible reunirse con su marido. Advirtió con sorpresa que apenas tenía conocimiento de con quién había estado casada. No obstante publicó aviso en los diarios, el resultado fue nulo.
   Transcurrido cierto tiempo el abogado le aconsejó que dejara de usar el apellido de casada, se rehusó.
   Y así es como Blanca de Calandra vive de nuevo de pensión en pensión con sus recuerdos, a la espera de otra oportunidad.

Liliana Arendar

Cuento editado en el libro " Dos boletos para el autobús"

ISBN:987- 554-000-5

 

 

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