Avisar de contenido inadecuado

La pasarela

{
}



   Un verano decidí viajar para conocer la pasarela que habían construido sobre el río Amancay. Después de cruzarla me detuve frente a un cartel que tenía dibujado un plano con dos caminos para recorrer la isla y llegar a puerto Pehuen.
   Como no encontré al guardaparque para preguntarle cuál era el mejor, decidí optar por el de la izquierda. Caminé por un sendero con cuidado porque sobresalían ramas pequeñas del suelo. A medida que me internaba en el bosque sentí en los ojos el gusto de la aventura. Recuperé lugares conocidos, los pinos, la montaña, los arbustos, las piedras. Supe que me acercaba a un río porque el aire estaba más fresco y los árboles húmedos.   Me detuve un rato a mirar los rápidos, asombrada; parecían cataratas por su caudal y sus colores de arco iris. Sentí deseos de zambullirme y nadar para olvidar abandonos, la suciedad de mi piel, pero lo único que hice fue mantener los ojos fijos en esas imágenes.
   Al alejarme del río, el sendero se estrechó y empezó a ascender torciendo a la derecha. Más adelante encontré flores amarillas; tuve ganas de juntar algunas pero me dio pena arrancarlas. De pronto escuché un ruido distinto, me di vuelta y como no vi nada supuse que otro turista venía detrás. Cuando lo volví a oír me detuve intrigada porque parecían pasos sobre la hojarasca o sobre las ramas de los árboles, no podía diferenciarlos. Me sentí rara con ese ruido y en ese bosque, eché una ojeada alrededor y me apuré lo más que pude hasta llegar al puerto.
   En el embarcadero había amarrada una lancha de paseo, era blanca y majestuosa. A bordo tres marineros la preparaban para la excursión por el lago. Seguí caminando y encontré otro cartel que indicaba un bar cien metros más adelante. Imaginé un lugar tradicional aunque era imposible encontrar uno así en el medio de la montaña, y en efecto no lo era. Cuando me senté se acercó un hombre. Tendría unos veintiocho años y estaba muy bronceado.
   --Lo único que te puedo ofrecer es café, gaseosa con sándwich de pan casero o tarta de frutilla.
El modo en que se dirigió a mí, evidenciaba la actitud de ser el dueño del lugar.--. Bueno, ¿y qué te traigo?
   -- Sólo un café, por favor.
   No tuve la suerte de que me obedeciera. A los pocos segundos estaba sentado a mi mesa y me miraba sonriendo mientras yo había empezado a probar su tarta famosa. Me sentí un poco incómoda, por eso inicié una conversación;
   --¿Vivís en la isla?
   --No - me dijo-, en realidad vivo en Buenos Aires, pero cuando termine la universidad pienso radicarme con mi mujer en estos lugares.
   -- ¿Qué estudiás?
   -- Veterinaria – dijo.
   Me sorprendió, nunca hubiera imaginado que podría ser estudiante universitario.
   --Realmente -le dije- es la profesión ideal para el sur.
   Me sonrió mientras se masajeaba el cuello.
   --Es lo único que me interesa - me dijo-, poder apreciar la naturaleza pura, ver parir los animales al aire libre y despertarme todos los días con el silencio de la montaña.
   --Te envidio, yo no lo puedo hacer. ¿Vienen muchos turistas por acá?
   --Demasiados para mi gusto, son insoportables, no aprecian nada. Lo único que hacen es tirar latas, son unos ignorantes, arruinan todo- de pronto hizo una pausa-.Disculpame, a lo mejor te ofendí.
   --Si bien es cierto que soy turista - sonreí-, me considero diferente.
Charlamos de varios temas y en un momento aproveché para decirle;
   --Cuándo caminaba cerca de los rápidos me pareció escuchar pasos de un animal ¿es eso posible?
   --Puede ser, porque el guardaparque informó haber visto un puma en la zona la semana pasada.
   Mi cara debió haber cambiado bastante porque me trajo otro café.
   --No te asustés -me dijo-, no pasa nada, pero te aconsejo que vuelvas por el otro camino porque el bosque es más abierto la mayor parte del trayecto.
   En ese momento llegaron más turistas, me esperanzó la idea de no volver sola, él lo notó y me dijo: -Si estás tan nerviosa volvete con ellos, eso sí, vas a tener que esperar por lo menos dos horas, hasta que terminen la excursión por el lago.
   Era demasiado tiempo, preferí no hacerlo.
   --No puedo - le dije mientras le pagaba-, mejor me vuelvo ahora.
   --Volvé tranquila - me dijo al tiempo que me daba la mano-, seguro que el puma debe estar a kilómetros de distancia, si es que hay alguno.
   Me sentí más serena al escucharlo, levanté del suelo un palo como un bastón y emprendí el regreso.
   Me tranquilicé al ver que el bosque no era cerrado, pero igual mis ojos y mis oídos estaban atentos. Encontré un frutillar, vi a dos mujeres lugareñas agachadas juntando las frutas rojas, se sorprendieron cuando las saludé. Yo me agaché también y probé una frutilla, era dulce, la mujer más alta me dio una bolsa de nylon, junté pocas porque sentía premura por regresar. Aferré la bolsa con una mano y con la otra el palo y retorné al camino.
   Mientras atravesaba unos pastos llenos de pisadas de vacas escuché un ruido que cesaba cuando me detenía, caminé más rápido, el ruido continuaba, me dije: no debo tener miedo, él me dijo que no pasaba nada. ¿Cómo es posible que un ruido me pueda atemorizar así? De nada me valió infundirme valor. Comencé a transpirar, el sudor me iba bajando por las sienes y entraba en el cuello de mi camisa. La mano que llevaba la bolsa estaba pegajosa, quise correr y no pude porque el camino se había convertido en un sendero de cornisa angosta que rodeaba la montaña.
   Miraba las copas de los árboles, atrás y a los costados, trataba de captar todo para que nada me tomara por sorpresa. De tanto mirar a un lado y al otro tropecé y caí sobre la tierra y las piedras con la certeza de que un animal arremetería contra mí. Me senté con dificultad, estaba agotada, tenía las piernas raspadas, al igual que mis manos.
   Todo me sofocaba, los colores, la montaña, el canto de los pájaros, las piedras inmóviles, el lago que percibía entre los árboles. Me quedé ahí, sentada, puse la mano bajo el pecho izquierdo, los latidos del corazón me penetraban en los dedos. Abrí la boca y dejé escapar un ah prolongado, bajo. Esa descarga me alivió un poco, no tenía idea de dónde estaba, tenía la sensación de que en cualquier momento iba a perder el control. Pensé que tal vez me estuviese volviendo loca, estaba apresada por el miedo.
   Luego, maquinalmente, aunque no sin esfuerzo me levanté apoyándome en el palo. Me dolía el cuerpo, tenía la ropa empapada.
   Alcé la bolsa y empecé a caminar y cuando volví a oír el ruido maldito, tiré el palo con tanta fuerza que un pájaro levantó vuelo despavorido, provocándome un gran susto. Aún hoy, no sé de dónde saqué fuerzas, pero corrí rapidísimo y no me detuve ni un minuto a descansar hasta llegar a la pasarela salvadora.
   Después de cruzarla, me tiré sobre el pasto cerca del río Amancay y apoyé la espalda contra una piedra. Sentía una bola o algo semejante en la garganta y por algunos minutos me resultó imposible tragar saliva. Intenté relajarme y cuando lo logré, abrí la bolsa de nylon para comer las frutillas. Ahí fue que me di cuenta de que yo misma había provocado el ruido al rozarla contra mi pierna. La estrujé y la tiré bien lejos, entonces el corazón me dio otro salto cuando escuché tres disparos.

 

 Cuento publicado en el libro " Dos boletos para el autobús"

ISBN:987-554-000-5

 

 

 

{
}
{
}

Comentarios La pasarela

Deja tu comentario La pasarela

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre

Los comentarios de este blog están moderados. Es posible que éstos no se publiquen hasta que hayan sido aprobados por el autor del blog.