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La intrusa ( Cuento )

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  •     No me gusta compartir mis cosas, por eso, cuando recibí carta de Lucrecia pidiéndome alojamiento para su hija Ana, no me hizo ninguna gracia. Tuve que aceptar porque yo había estado en su casa de México unos años atrás. De sólo pensar que tendría que alquilar una cama, ponerla en mi escritorio y, además, llevarla a recorrer la ciudad, me puse nerviosa. Me consolé un poco al pensar que sería una semana y que era la única manera de devolver atenciones.
  •     En Ezeiza apenas la reconocí, ya no era una nena. Vestía una capa negra y larga, bolso y botas negras de cocodrilo. Su cabeza parecía un casco de espuma roja, tenía la cara regordeta y empolvada con la palidez de un payaso, los labios pintados de un rojo viscoso y brillante y los ojos oblicuos rodeados de Kohl. Al abrazarnos me impregnó con su perfume demasiado áspero para mi gusto. En el camino a casa me contó sobre su familia, que ella no estudiaba más y que lo único que le interesaba era viajar.
  •     Cuando llegamos al departamento me dijo que nunca se hubiera imaginado que yo viviera con tanta austeridad. Empezó a pasearse muy despacio toqueteando todo con sus dedos rechonchos. Le pedí que por lo menos dejara las cosas en su lugar, pero no se dio por enterada, siguió con el manoseo como sí tal cosa. Un rato después, yo estaba preparando café cuando apareció Ana y puso la radio a todo volumen, inmediatamente como poseída, levantó los brazos y empezó a bailar al compás de una zarzuela. Yo no podía entender cómo hacía para abrir al mismo tiempo alacenas, cerrarlas con rabia y abrir la siguiente, todo sin dejar de hablarme y preguntarme cosas. No me contagió su entusiasmo, al contrario. En un momento me dijo que se sentía feliz de estar en casa. Y que no quería volver a México por mucho tiempo. La escuché en silencio, sin hacer comentarios.
  •     Ana revolvió su valija, dejó todo sobre la cama y entró en el baño. Después de ducharse se paseó desnuda, con sus rollos en la cadera y el vientre flojo y colgante, se acercó a mi cómoda, destapó dos perfumes y los dejó abiertos. Lo hacía a propósito. Se le notaba. Le di mi bata y le dije que no volviera a tocar mis cosas sin permiso.
  •      Después de limpiar la bañadera de pelos rojos, la llené. El agua caliente ayudaría a relajarme y pensar en la situación en que estaba metida. A los pocos minutos entró sin golpear, me dijo que lo necesitaba con urgencia. La única razón por la cual no la eché a patadas en ese momento fue el recuerdo de que cuando estuve en México y me enfermé, fue ella quien me cuidó.
  •     Me senté a leer, Ana prendió el televisor, abrió la botella de whisky que me había traído de regalo y se sirvió una medida generosa, se acurrucó junto a mí al tiempo que apoyaba sus pies gordos sobre mi mesa ratona china. Decidí irme a dormir. Cuando intentó darme un beso di vuelta la cara. No se inmutó.
  •     A la mañana siguiente, como no se levantaba, entré en su habitación, pisé parte de sus ropas y algunos libros míos desparramados por el piso. Ana parpadeó adormilada, se incorporó en la cama y me sonrió con su dentadura desprolija y con la cara embadurnada con mi crema francesa. Al servirle el desayuno me dijo que estaba bien pero que se iba a quedar con hambre. Abrí la heladera y saqué más manteca, dulce y huevos. Preparé una omelette y tantas tostadas que la cocina se me llenó de humo mientras ella me seguía diciendo que no estaba satisfecha. Cuando me quise dar cuenta gritaba no sé que cosas y le decía que se fuera de mi casa. Ella me miraba curiosa y me preguntaba cuál era el problema. Si el problema era que no tenía plata para comprar comida,  en ese caso ella me podía prestar. Finalmente me dijo que se iba a caminar un rato hasta que yo me calmara.
  •       Preparé su valija y llamé a sus padres. Cuando me escucharon no se sorprendieron, me dio la sensación de que hasta esperaban mi llamado. Me dijeron que vendrían a buscarla y que mientras tanto la alojara en un hotel.
  •     Cuando volvió, al ver su valija en el living, se enfureció de tal modo que le pegó una patada, con tanta mala suerte que se hizo un esguince. Fuimos a un sanatorio. Mientras esperaba que nos atendiera un médico, yo me preguntaba: "¿Qué hago sentada acá? No pertenece a mi mundo, ni siquiera es un familiar cercano. ¿Qué lazos del destino me obligan a estar con ella?"
  •      Le pusieron una bota de yeso. Cuando le dijeron que no la apoyara por unas horas y que se lo quitarían al mes, sentí su mirada burlona y provocativa. La llevé a casa, no dijo una palabra, sólo me vigilaba para estar enterada de lo que yo iba a hacer. Al saltar, volcaba todo su peso en mí, como si yo fuera su pie sano. No quiso acostarse en su cama, me pidió la mía para poder estirarse mejor. Verla entre mis sábanas me hizo pensar en una sanguijuela gorda y colorada. Me pidió de comer y me dijo que iba a llamar a sus padres para que no viajaran hasta dentro de un mes.
  •      Sólo me quedaba una cosa por hacer; la lista completa de lo que tenía que comprar en el supermercado.

ISBM: 987-554-000-5

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Comentarios La intrusa ( Cuento )

y salio contenta del supermercado porke habia aparcado el auto cerca de una farmacia,
y recordo ke se habia olvidado de comprar azucary edulcorante
vendria la cicuta en frasco gotero?
                                                                    LOKI... :-o
luis 23/04/2008 a las 01:35

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