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Sólo ilusión ( Cuento de Liliana Arendar )

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  •      Tiznado completamente el cielo, sin rayos ni relámpagos, se hizo la oscuridad, acunándome en mi aturdimiento.
  •      Sólo una hora después, al despertarme, supe que no lo volvería a ver. Ni esa noche ni al día siguiente. Por unos días temí salir de casa en los horarios que él sabía que me podía encontrar.
  •      Por las noches, agotada me echaba sobre la cama con mis lágrimas como única compañía. No sabía cómo pelearle a la corriente subterránea, eléctrica, sorda, que generan entre sí, desde que el mundo es mundo, los hombres y las mujeres. No había atenuante.
  •      Durante la semana traté de concentrarme en mi trabajo, pero no tardé en darme cuenta de la disminución evidente de mis fuerzas. Algo me faltaba. Era inútil negarlo, no podía vivir sin amor.
  •      Yo percibía mi soledad en las miradas afectuosas pero en el fondo indiferentes de mis compañeros de oficina. Ese día decidí pedir mis vacaciones postergadas, alejarme de la ciudad y de ese amor truncado.
  •      Por la tarde salí de la oficina y entré en una agencia de turismo. Un empleado me preguntó si tenía preferencia por algún lugar en especial. Le dije que no. Entonces me mostró distintos folletos ilustrados y me contó sobre lugares idílicos. Como yo los miraba sin entusiasmo, el empleado me dio los folletos, una tarjeta y me dijo que en caso de tener alguna duda, lo llamara por teléfono.
  •      Volví a casa con la luz invernal del anochecer. No tuve mejor ocurrencia que escuchar boleros. Creí morir al reconocer la letra.
  •      "Contigo aprendí a ver la luz del otro lado de la luna".
  •      En el ambiente solitario, esa canción emanando del parlante escondido, relajó mis defensas. Y recordé ese latido suyo recorriéndome.
  •      Sentí como si bruscamente el mundo se hubiera detenido. Me tendí en la cama, arropada en las mantas vacías, esperando. Silencio traidor, nada se oye.
  •      Y al despertar palpé la almohada vacía. Incierto y lento despertar.
  •      Me sentí tan ajena de mí misma como me sucedía en la adolescencia cuando salía de un cine y enfrentaba la realidad de la calle. Por largo rato deambulaba, sintiéndome la heroína de la película, convencida de ser tal o cual actriz, encarnando con pasión al personaje. Miraba a mí alrededor, como si todo fueran desperdicios que se confabulaban para sacarme de mis sueños: el cine, la atmósfera, la fantasía recién vivida. 
  •      Quise entretenerme y encendí el televisor para ver una película. Poco a poco mis espacios se tiñeron de recuerdos. Yo había visto Atlantic City en el cine muchos años atrás.  Entonces pensé que por fortuna o desdicha no hay nada en nuestra vida que no acabe tarde o temprano.
  •      Recordé que en esa etapa me había prometido ir en busca de él, caminar por la rambla y entrar en los bares en los que él había tomado cerveza. La idea me ilusionó. Pensé que esas vacaciones iban a equilibrar el abandono. Finalmente llamé a la agencia y reservé hoteles y pasajes.
  •      Durante el largo viaje en avión pensé que después de todo soy una romántica. Aún creo en el amor. Sin él, nada.
  •      Acepté la copa de vino que la camarera me ofreció y brindé sola por la libertad de amar.
  •      Ni bien me alojé en un hotel en Atlantic City, me asomé a la ventana. Me dio la bienvenida la espuma de todas las olas del mar.
  •      Después de mucho tiempo sonreí con ganas, y por un momento tuve la ilusión de ser la misma adolescente de aquélla época. Me miré en un espejo y me dije mientras trenzaba mi pelo, que era tiempo de buscarlo.
  •      Abandoné el hotel y salí a la costanera. La rambla era tal cual la recordaba, de madera lustrada. Reconocí las recovas viejas, el hotel de la película, las casas y sus tejas con los colores desteñidos, algunos negocios. Pero los puestos con juguetes, latas, collares plásticos levantados en la costa eran distintos. Había mucha gente en la rambla. Mujeres mayores casi todas rubias y pintadas con sombreros extravagantes y los hombres con bermudas estampadas y gorros con viseras.
  •      Algunos salían de los casinos con vasos de papel cargados con monedas.
  •      Todo el tiempo imaginé que caminaba junto a Burt con mi cabeza recostada en su chaqueta a cuadros. Me parecía sentir su calor, su luz, acompañándome. Recorrí tantos lugares con la idea fija de encontrarlo, que me fatigué. Finalmente llegué al bar de la película.
  •      El lugar estaba muy concurrido. Me dirigí a una mesa junto a un ventanal y contemplé las olas embravecidas que se diluían en la arena. Escuché la música de fondo que pasaban por los parlantes y canté en voz baja esas letras conocidas;
  •      "Fly me to the moon and let me play among the stars. Hold my hand, in other words".
  •      Entonces me pareció verlo sentado en un rincón con un jarro de cerveza en la mano. Creí reconocer sus hombros anchos, su chaqueta de cuadros y su gorra de lana. Cuando quise mirarlo mejor para ver si efectivamente era él, un mozo que aguardaba de pie, con su sonrisa de espera, se interpuso y me tapó la visión. Le pedí un café con crema y saqué un cigarrillo de mi bolso.
  •      Estaba tan ansiosa que no encontré el encendedor. Percibí una mano perfumada que me ofrecía fuego, levanté mis ojos y reconocí los cuadros y los botones de la manga.
  •      Lo miré y sólo vi a un joven sonriente. En aquél momento, de golpe, descubrí la edad que tendría Burt. Sería un anciano con la misma chaqueta a cuadros, enfermo y cansado.
  •      El viaje, pensé, era una prolongación audaz de la búsqueda de respuestas.
  •      " ¿ Qué vine a buscar?". Nostalgias de amor. ¿Por qué conservé tanto tiempo esa imagen de un mundo exótico inalcanzable y por qué hice girar mi vida en torno a esto?
  •      Me deprimí por un momento. Estaba resignada a otra derrota.  Entonces observé la diversión de los demás en el bar, sin una sonrisa en los labios, yo era una forzosa espectadora de una función que, todo mi cuerpo me gritaba, no me interesaba en absoluto.
  •      Llamé al mozo y le pedí que me trajera un cognac doble. Bebí, cada trago era un paso que me alejaba de esa imagen y un brindis por todos los recuerdos que me habían traído.
  •      Salí a respirar el aire con las últimas estrofas de la canción;
  •      "Fill my heart with song and let me sing, in other word".
  •      Cuando el sol se escondió sentí que él también desaparecía de mi lado. Me llevé una botella a mi habitación y cuando las paredes empezaron a dar vuelta, me dormí arropada de recuerdos.
  •      La luz de la mañana se filtró a través de mis párpados. Los mantuve cerrados para recordar mi sueño de esa noche. Juntos nos habíamos cansado en los casinos, emborrachado en los bares. Besado bajo las sábanas de seda. Su barba gris raspando mi cara. Y al final del camino, me puso una mariposa de rubíes sobre el ombligo y me hizo chau con una mano.
  •      Llegué a la estación con el tiempo justo para abordar el tren de regreso. Miré hacia atrás para despedirme de los hoteles lujosos, la rambla de madera, las vestimentas multicolores, los lugares reconocidos y de mi querido Burt.
  •      Sentadas a mi derecha había dos mujeres gordas de mediana edad, sin maquillaje, vestidas con jeans y remeras. Una de ellas se había quitado las zapatillas y apoyaba las piernas sobre el asiento de enfrente. La otra iba y venía trayendo bebidas y bolsas de papas fritas.
  •      Como a la media hora comenzaron a repartirse dinero riéndose a las carcajadas. Yo trataba de leer pero no podía dejar de mirar de reojo a aquellas mujeres. Al cabo de un rato, una de ellas se acercó. Me contó que habían ganado dinero jugando al póker. Y que pese a que tenían que viajar más de cuatro horas hasta su pueblo, solían jugar en Atlantic City una vez por mes. También me dijo que ella era enfermera y su amiga obrera metalúrgica. Que vivían en una granja desde hacía muchos años. Y que no necesitaban a nadie más para ser felices.
  •      Les pregunté si alguna vez habían visto a Burt. Con una sonrisa me preguntaron si ese había sido el motivo de mi viaje, les dije que sí, sin vergüenza. Me dijeron que muchas veces lo buscaron por curiosidad.
  •      En ese momento pensé que esas mujeres me hacían sentirme mejor. Empezaron a gestarse en mí las fuerzas para conectarme con lo nuevo y abandonar las nostalgias.
  •      Nos aproximábamos a la periferia de Nueva York, la conversación había concluido y no me quedaba sino decirles adiós y bajar del tren.

ISBN:987-554-000-5

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