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Esas mujeres inquietantes ( Cuento de Liliana Arendar)

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  •      El hombre estaba sentado con el cinturón de seguridad puesto cuando vio entrar a la mujer en la cabina del avión. Ella, que aparentaba unos treinta años, acomodó su abrigo de piel en el portaequipajes y se sentó cruzando las piernas. La falda se le trepó varios centímetros sobre las rodillas. El hombre miró a su vecina de reojo. Ella reclinó su asiento y extendió sus piernas, dejando que la falda, se trepara aun más sobre los muslos.
  •      Qué hembra, pensó el hombre, debe saber que la estoy mirando, cómo no va a saberlo, si lo hace a propósito. Y ella, como respondiendo a sus pensamientos, con los ojos entrecerrados inclinó la cabeza hacia él y pareció que sonreía. Él miró sus labios carnosos, húmedos. Y cuando ella pestañeó, él desvió la mirada hasta clavarlos en la azafata que se acercaba con una copa de champaña.
  •      Ella miró al hombre de soslayo, ¿qué edad tendría? No menos de sesenta y cinco pero no llegaba a los setenta. Un ejecutivo, sonrió, cerrando los ojos y enderezando las piernas, felina, sensualmente. Mantuvo una semisonrisa mientras bebía su copa de champaña y pensaba que ese hombre parecía complacido consigo mismo como si tuviera un millón de dólares o algo así. Tuvo ganas de reírse. Si el tipo supiera lo que ella pensaba.
  •      Él meditaba cómo iniciar la charla. Durante un rato se reprochó su indecisión para abordarla. Se sentía excitado, cerró los ojos con fuerza, fastidiado consigo mismo y ya casi convencido de que la batalla estaba perdida. Entonces, la azafata se acercó para ofrecerles más champaña, ella lo miró con una sonrisa y le dijo que podrían brindar por un buen vuelo. Ella pensó que era suficiente para que él supiera que podía empezar su jueguito.
  •      Bajaron juntos del avión, conversando. En el aeropuerto se despidieron después de pasarse los teléfonos. Él la siguió con la mirada hasta perder de vista el tapado de piel.
  •      No dejó de pensar en ella todo el tiempo, estaba seguro de que él no era la clase de hombre que pasaba inadvertido y esa mujer tenía aspecto de saber mirar bien. Hacía mucho tiempo que no encontraba alguien que lo atrajera lo suficiente.
  •      Una semana después marcó su teléfono.
  •      Se encontraron para cenar, la charla derivó en viajes. Él le insinuó medio en broma medio en serio, si a ella le gustaría pasar un fin de semana con él. Ella sin vueltas le contestó que aceptaría encantada, porque una de las cosas que más le gustaba hacer en este mundo era viajar.
  •      Al mes de salir, él la invitó a ir a las Cataratas. Le mostró folletos del hotel y de los lugares que visitarían. Le gustó cómo ella le sonrió con los ojos iluminados al tiempo que le rozaba las piernas con su pie. Quizá fue esa mirada y esa caricia tan intensa y completa la que lo hizo pensar que por fin había encontrado una mujer para compartir parte de su vida.
  •      En el mostrador de la aerolínea ella se había mostrado muy exigente, solicitando asientos en la sección de fumadores, detrás del ala y en la parte izquierda del avión. Esto no le importó a él, pues respetaba a las personas que sabían lo que querían, siempre y cuando conservaran la compostura.
  •      Mientras el avión carreteaba hacia la pista para el despegue, sus ojos y manos se encontraron. Ella ocupaba el asiento de la ventanilla. Después de dos horas de volar se disponían a servir nuevamente bebidas y ya se oía el tintineo de botellas en la parte de atrás.
  •      Ella murmuró: "Me parece ver fuego en la turbina". Él se inclinó y miró. En ese momento llegó la azafata con el carrito de bebidas entonces él aprovechó para decirle que se fijara en el motor. La azafata echó un vistazo y después corrió por el pasillo, empujando la carretilla delante de ella como un coche de bebé. Un minuto después sonó la voz del capitán por los altavoces, dijo que tenían que prepararse para un aterrizaje forzoso debido a un problema técnico. La camarera recorría el pasillo instando a conservar la calma, dando instrucciones para protegerse la cabeza e indicando que debían quitarse los zapatos y abandonar el avión por las salidas de emergencia. Era sorprendente pero los pasajeros conservaban la calma.    
  •      El avión descendió, cabeceó, unido a los vientos, a la niebla, al peso del aire. Nadie habló hasta notar el impacto de las ruedas sobre la pista. Abandonaron la nave deslizándose por los toboganes inflables. Todos se saludaron como celebrando estar vivos. Ya estaba un micro ahí y los bomberos iban y venían intentando cubrir el avión con espuma para que no estallara.    
  •      En el taxi, camino al hotel, ella temblaba y él trató de tranquilizarla con palabras cariñosas. Sus brazos la rodearon mientras le susurraba junto a su oído cuán hermosa era, lo feliz que él se sentía de estar con ella y que la vida merecía la pena ser vivida. Tenían que aprovecharla al máximo. Se dieron un beso largo y prolongado. Era como si, tras haber pasado a través de la sombra de la muerte, de pronto hubieran recuperado el apetito por la vida.
  •      Ni bien se alojaron en la habitación ella soltó su pelo negrísimo, desabrochó tres botones de su blusa blanca, alisó sus ajustados pantalones rojos y se quitó las sandalias doradas. Sus labios se abrieron sobre dos hileras de dientes blancos y regulares. Se apretó seductora contra él. Cuando él oprimió su cuerpo contra el suyo, ella se separó y le dijo que después de lo que habían pasado necesitaba caminar para poder relajarse.
  •      Salieron del hotel. La vegetación que enmarcaba las pasarelas los rodeó de perfumes y verdes intensos. Se mezclaron con otros turistas embelesados con las imponentes cataratas. Cada tanto, él la miraba a los ojos e intentaba besarla pero ella, al parecer, no deseaba otra cosa que no fuera contemplar el paisaje. Ella hablaba sobre las cataratas, sobre las plantas y los pájaros que observaba sin dejar de sonreír en ningún momento y él se sintió satisfecho por haber elegido el lugar correcto para pasar el fin de semana.
  •      Al caer la noche volvieron al hotel. Ella le dijo que iba al salón de belleza, porque todavía se sentía nerviosa y pensaba que un baño sauna, un masaje y un buen brushing la dejarían de maravillas. Además le dijo que como iba a tardar unas horas, él podía aprovechar para pasear y se podrían encontrar en el comedor a las nueve a cenar. Al ver en los ojos de él un destello levemente amenazador que sugería que se le estaba terminando la paciencia, lo besó prolongada y apasionadamente.
  •      En el restaurante la vio venir, su pelo caía suelto sobre sus hombros y llevaba un vestido negro de una tela reluciente con un marcado escote. Saludaba a los otros turistas con encanto, sonriendo mientras la luz caía sobre su collar de perlas. Se sentó a la mesa y él le sonrió complacido con el cambio, notó que el barniz de las uñas era rojo, parecía como si hubiera mojado sus dedos en sangre fresca.
  •      Cenaron a la luz de las velas discretamente atendidos por una camarera. Ella hablaba excitada de las cataratas y le preguntaba qué otros lugares iban a conocer. Luego le dijo, acariciándole una mano, que si a él no le parecía mal, ella se iba a levantar muy temprano para volver a recorrerlas, esta vez corriendo, pero que no se preocupara porque iba a volver a desayunar con él. Al concluir la cena, ella le propuso ir a bailar pero él le dijo que prefería volver a la habitación, calculando mentalmente con una mezcla de alarma e incredulidad, cómo hacer para seducirla.
  •      En la habitación, él deslizó sus manos a lo largo de la espalda y las caderas de ella, pensando que esta vez no se escaparía. Ella se apartó de él y se quejó de que le dolía el estómago, le dijo que la disculpara, que al parecer la cena le había caído mal.
  •      Él levantó la mano como para pegarle y ella retrocedió sorprendida. Cuando ella bajó la guardia él la golpeó con la mano abierta en la cara. Dijo que ella sabía muy bien cómo hacer para que los hombres se enamoraran, pero que su actitud había conseguido que él empezara a encontrarla repulsiva. Además le dijo que si quería encontrar un papito lo buscara en otro lado. Sin esperar la reacción de ella, salió de la habitación.
  •      En el bar, decepcionado, bebió hasta sumir en la insensibilidad su arrebato de excitación erótica y bronca acumulada. Al volver a acostarse, la encontró dormida.
  •      Por la mañana él se despertó después de una noche de sueños angustiosos con la boca seca y con su cabeza tan pesada como bala de cañón. No sabía con certeza qué era peor, si el dolor de cabeza o el sabor en su boca, si bien ninguno de los dos representaba un calmante para la tortura que había en su corazón. Se acercó al ventanal. El cielo estaba encapotado y la atmósfera agobiante, opresiva, como si comenzara a incubarse una tormenta. Decidió él también salir a correr.
  •      Otros turistas lo saludaron con la mano al trotar él enérgicamente a través de los jardines del hotel. Apenas salió del campo visual, redujo la marcha y adoptó un paso más tranquilo, pero, aún así, brotó el sudor en la frente. Se vio obligado a detenerse para recuperar el aliento. Se apoyó en un árbol mientras su pecho subía y bajaba, contemplando a través de las ramas las nubes negras de la tormenta. No sabía lo que iba a decirle a ella. Se sentía absurdamente nervioso ante la perspectiva de encontrarse con ella a solas y volver a tener una reacción violenta. En ese momento centelleó un relámpago seguido por un trueno.
  •      Al volver la vio en el comedor, ya cambiada. Ella sonreía y saludaba con la mano a otras personas que también se dedicaban a desayunar, sonreír y saludar. Al verlo se levantó y le dio un beso cariñoso. Mientras tomaban café, le contó lo maravillosas que se veían las cataratas con la salida del sol. Y que lo único que lamentaba era que la tormenta estropeara los paseos. Luego, con voz aterciopelada, le dijo que lo mejor que podían hacer era volver a la habitación.
  •      Ni bien entraron, ella colgó un letrero de "No Molestar" en la puerta, antes de cerrarla y prender la cadena por dentro. Encendió una lámpara de sobremesa que proyectaba un suave resplandor dorado sobre la cama y corrió las cortinas. Su vestido descendió como un susurro hasta el suelo. Él sintió crecer el deseo como las raíces resecas después de una lluvia primaveral. La llevó de la mano hasta la cama y le dijo que lo esperara porque iba a tomar una ducha. Al volver la encontró dormida. Intentó una caricia exploradora pero ella rechazó su mano con un somnoliento gruñido de irritación. Miró su cara, esa máscara infantil, sintió que jamás la había conocido y que nunca lo haría. Y ahí entendió que había algo en ella que le permitía inventarse salidas de una situación y entradas en otras. Sintió que su corto y extraño viaje había terminado.
  •      Él guardó sus cosas en un bolso y sin pagar la cuenta del hotel, fue para el aeropuerto para tomar el siguiente avión a Buenos Aires. Y durante una hora estuvo sentado en la sala de espera cerca de la puerta de partida, sin leer ni pensar, tan sólo frustrado.
  •      El avión se elevó como un ascensor en el aire y él contempló, a través de la ventanilla, las nubes negras. Después de una hora, el avión entró en turbulencias, indiferente, él miraba la conducta de quienes lo rodeaban. Las azafatas circulaban nerviosamente de un lado a otro del pasillo, disuadiendo a los pasajeros que deseaban levantarse de sus asientos y eludiendo urgentes peticiones de bebidas fuertes. A pedido del capitán las azafatas tomaron asiento. Una de ellas se sentó junto a él. El avión se elevó y volvió a descender bruscamente. La azafata colocó su mano sobre él y apoyó la cabeza en su hombro. Él todavía se reía cuando aterrizaron, sanos y salvos.

ISBN: 987-554-000-5

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Comentarios Esas mujeres inquietantes ( Cuento de Liliana Arendar)

me gusta tu flog... 

seguire pasando.. besos!
Mi querida y asbtracta Lia. Acabo de descubrir que eres una realidad. Una persona sensible como ya supe el primer dia. Me siento muy pequeñito a tu lado, un pobre copista de poesias y un aficionado fotografo:  un miron de mi entorno.



Ya se donde te puedo leer, donde te puedo decir y donde admirarte. Esto del blog yo nunca lo habia visto (estoy plenanmente jubilado y no me queda tiempo ni para pedir la jubilacion de la jubilacion).

Acabo de leer tu articulo de ayer y veo una denuncia sobre la cultura de los hombres que creo que debe ser mundial: "la cultura machista". Yo desde aqui hago todo lo que puedo pero estoy muy  en lo triste, aunque la democracia de este pais nos ha dado leyes de igualdad en todos los contestos, la realidad que yo veo es muy distinta y de eso me duelo. Somos todavia una democracia joven y tendran que pasas muchisimos años para conseguir que seamos todas las personas iguales. Creo que los poderes facticos de la iglesia Catolica son los primeros que no quieren que las personas sepan y usen el concepto de libertad.



Te estaria escribiendo todo el dia sobre este tema, del cual tu debes saber mucho mas, pero ando en lo limitado en mi tiempo. Ya se cuando quiera "llorarte" un poquito donde te puedo encontrar



Me despido con un abrazo , que conlleva un descarga emocional mas fuerte que un beso
Tu amigo Pato Tu amigo Pato 31/03/2008 a las 19:18
vuelos de huidas de amores no entendidos que se buscan en un firmamento de busqueda a la eternidad.......LOKI
Anónimo 17/04/2008 a las 05:40
me gusta mucho la frescura de tus relatos y lo apasionante de tus escritos, seguiré visitando un saludo angeles

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