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Dos boletos para el autobús ( Cuento)

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  •     A pesar de sus diferencias Ana y Carola tenían cosas en común. Por ejemplo, el deseo de ser madres y el proyecto de irse definitivamente de ese pueblo. El último sábado de marzo Ana preparó la masa de medialunas dulces y las puso a cocinar antes del amanecer. Ni bien prendió el horno sintió el calor en su piel, las gotas de sudor corrieron por su cara y le hicieron cosquillas, las secó con un repasador como todos los días. Pero esa mañana no le importó ni la preocupó, porque pensó que su vida iba a cambiar. Juntó las migas que habían quedado sobre la mesa y guardó los utensilios que estaban en el escurridor. Durante unos instantes se quedó pensativa, luego puso una botella de vino blanco en la heladera para festejar el viaje. En la cocina había una ventana, Ana podía ver los pimpollos a punto de florecer o la nieve que caía sobre el jardín. Miró a través de los vidrios y esta vez reparó en la bruma que se elevaba desde el césped y el azul brillante con que se teñía el cielo, pronto las hojas comenzarían a cambiar de color y a caer.
  •        Ana siempre había vivido en el mismo pueblo solitario, de casas que se achicharraban bajo un sol opresivo. Carola también. De chicas se entretenían jugando por las calles y veredas, con chiches heredados que hacían juego con las casas, todos en pésimo estado.
  •        La madre de Ana no había estado segura de quién era el padre de su hija. Después de algunos cálculos y por eliminación, se había resuelto por David Ramos, un camionero que había llegado una noche de invierno y se había quedado una semana mientras reparaba su camión. La madre incluyó el nombre de David Ramos en la partida de nacimiento. En su niñez y en su adolescencia, Ana aprendió a vivir en medio de un constante desfile de hombres que pasaron por la vida de su madre que deambulaba por el jardín, sin tino ni gloria, hasta que una mañana, durante una de sus frecuentes borracheras, le dio un síncope y murió.
  •          Ana transformó el comedor en un bar, dispuso un mostrador con cuatro taburetes, y sólo servía medialunas con café. Se dijo que por fin éste era su pequeño mundo, separado del mundo grande. Allí iban los viajantes y los camioneros de voz ronca, casi todos con hombros anchos, un poco inclinados hacia delante y un andar algo pesado.
  •          Ana ataba su pelo negro que le llegaba al cuello y vestía un mameluco azul, camisa blanca de hombre arremangada hasta el codo, botas hasta los tobillos y ni una pizca de maquillaje que aliviara su palidez. Pero era muy femenina a pesar de sus modales campechanos. Conversaba poco y simulaba escuchar a esos hombres que hablaban de sus viajes, de sus camiones, de sus mujeres. Ellos sabían que era inútil preguntarle sobre su vida privada.
  •          Cerraba a las siete de la tarde y preparaba la cena para compartir con Carola.
  •          Admiraba a su amiga con sus minis y blusas de raso, sus tacos altos, sus collares y aros colgantes de cuero africano. Carola le contaba cómo los amantes la rodeaban, y ella simulaba quererlos a todos, todos le cabían, y al cansarse de ellos los despachaba con la ligereza de una pluma. Vivía al filo, con el riesgo como permanente opción. Ser amiga de Carola era para Ana un privilegio. Sentía que podía contarle sus simples y tontos proyectos personales, en sus manos estos quedaban libres de trivialidad.
  •          A menudo se instalaban en la cocina y cantaban a la esperanza, al futuro. Siempre anhelando que al abrir los ojos cada mañana valiera la pena. Se confiaban sus obsesiones y sus miedos de repetir las historias de sus madres. Ana había elegido a Carola porque cualquier explicación entre ellas era innecesaria, podía confiar; Carola era el único eslabón que le impedía caer de bruces en la total soledad.
  •          Y ahora había llegado el momento de irse juntas. Hasta entonces, Ana nunca había creído que pudiera pasar algo así, que algo de lo que deseaba se hiciera real.
  •          Sacó las medialunas y reservó seis en una fuente de barro, tapadas con una servilleta de lino rosa, para su amiga.
  •          Oyó los ruidos de la puerta mosquitero de entrada que se abría y se cerraba, y de los hombres que entraron, y hasta antes de mirarlos percibió en ellos el perfume de Carola que los impregnaba. Les sirvió por primera vez con una sonrisa y hasta les ofreció repetir el café sin cobrarles. De vez en cuando abría un cajón y acariciaba los dos boletos para el autobús.
  •          Un auto pasó por la ruta con la radio sonando tan fuerte que se podía oír desde la casa. Tomó una curva y la música poco a poco se desvaneció. Pero Ana siguió tarareando la melodía a pesar de que estaba preocupada por la tardanza de Carola.
  •          Más tarde, los relámpagos iluminaron las copas de los árboles justamente en el momento en que una tormenta del incipiente otoño se descargó. Pensó que Carola se estaría empapando. Dos patrulleros se estacionaron frente al bar con las luces rojas e intermitentes encendidas. Un policía entró y le pidió a Ana que lo acompañara al hospital.
  •          Sobre una sábana blanca que cubría una mesa de acero inoxidable estaba Carola. El frente de su blusa de raso estaba empapada en sangre, tenía cortes profundos en la cara y en las manos, los ojos con la mirada fija de la muerte. Le entregaron sus pertenencias, la cartera y los zapatos de charol, los aros y el collar de cuero africano metidos en una bolsa de papel. Luego la llevaron de regreso al bar.
  •          Ana fue hasta el cajón y miró los pasajes. Repasó el horario, faltaban dos horas para que el micro llegara. Pero ya no necesitaba dos pasajes. Entonces fue a la cocina y acercó los boletos a la hornalla. El fuego cundió rápidamente cuando arrimó la tea a las cortinas de la ventana.

ISBN: 987-554-000-5

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