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Mi último día en París ( cuento de Liliana Arendar )

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  •          Cerré las valijas y las puse en custodia en la conserjería. Era mi último día en esta ciudad y quería aprovecharlo al máximo, así que tomé un taxi al Louvre.  
  •          En la ventanilla de información me indicaron que faltaba una hora para el cierre.  Sin perder un instante me propuse visitar la sala de Goya. Evité las figuras grotescas y seguí caminando, me detuve ante un retrato de mujer. Estaba de pie, lucía un traje de sutiles armonías cuyo único lujo era un moño rosa en la cabeza.
  •      Consulté el catálogo. Decía: Condesa del Carpio, Marquesa de la Solana, escritora de teatro fallecida en1795 a los treinta y ocho años. Mi incontenible curiosidad me hizo descubrir que el museo había sido inaugurado en 1793.
  •      Los altavoces anunciaron a los visitantes que debían abandonar el lugar.
  •      Al salir nevaba con fuerza, las calles se veían desoladas y la poca gente que había se levantaba los cuellos y se envolvía en las bufandas y capas. Yo hice lo mismo y empecé a recorrer sin apartarme de las vidrieras iluminadas. Vi un pijama a rayas rojas y blancas que colgaba de una percha, se lo señalé a una vendedora y ella, con una sonrisa, me indicó un probador.
  •      Me gustó cómo me quedaba, tan distinto a todos los demás que yo tenía, le pregunté el precio, como no le entendí, le pedí que me hablara en inglés, se enojó y me contestó que estábamos en Francia, pero como el pijama me gustaba mucho, me abstuve de insultarla en varios idiomas, incluido un mal francés. Le solicité que escribiera el importe, pagué y me fui fastidiada.
  •     Busqué un bar no muy lejos del hotel, lo suficiente como para permitirme volver a pie cuando se hiciera la hora de salir hacia el aeropuerto. Me sentía cansada, hambrienta y con frío. Encontré uno llamado Elevar, vacío, sólo había un mozo secando vasos detrás del mostrador. Me senté, el mozo se acercó y se inclinó tanto que su nariz casi tocó la mía, olía a alcohol.
  •    Saqué mi libreta para anotar los gastos de esa mañana, mientras escribía sentí un roce en el codo, miré, junto a mí estaba parado un hombre pidiéndome disculpas en el idioma internacional, o sea con señas, lo disculpé del mismo modo y le sonreí.
  •    Se dirigió a otra mesa. Yo aparté la libreta, tomé el café y empecé a comer, lo observaba con disimulo. Él en cambio me miraba de frente, inclinado hacia delante. Sólo dejó de mirarme cuando se acercó el mozo con su pedido. Él mordió su sándwich, tragó un bocado y se pasó la lengua por los labios. Me sonrió. Bastó este pequeño incidente para ponerme de buen humor y despertar mis fantasías.
  •    Yo lo imitaba, parecíamos dos animales en celo, traté de regular mi propia respiración a fin de aspirar al unísono con él, lo vi mover los labios formando palabras, sentí deseos de preguntarle cuáles eran, me parecía que estábamos destinados a no acercarnos, fui al baño, retoqué mi maquillaje y ensayé lo que le diría: “ Invitame a caminar a la orilla del Sena, abrazame con pasión, no me importa si pierdo mi vuelo de regreso, deseo vivir una aventura con vos” ¿ Pero en qué idioma podríamos hablar? El idioma de las señas. Resolví que si él no se aproximaba lo haría yo, volví al salón con el temor de que él no estuviera, pero estaba y no me acerqué, lo único que pude hacer fue sentarme y seguir mirándolo.
  •     Tenía ojos negros y lo sentí tan cerca de mí que casi podía escuchar su respiración. No sé cuánto tiempo pasamos así, me inquieté por la hora, él pareció advertirlo porque de pronto sacó una hoja color amarillo de su billetera, escribió unas palabras y lo plegó, luego caminó hacia mí con el papel en la mano, lo dejó sobre la mesa y se fue tan rápido que no pude reaccionar.
  •     Pensé que había escrito la dirección de una cita, me pareció oler su perfume, traté de imaginarme dónde y cómo sería el encuentro, además tendría que volver al hotel, alojarme, cambiarme de ropa, llamar a mis padres y decirles que postergaba mi vuelta. Desplegué el papel escrito en francés y como no entendí llamé al mozo y le pedí que me lo tradujera al inglés. Cuando lo leyó, me lo devolvió muy enojado y me ordenó que me fuera del lugar.
  •     Salí del bar con rabia, supuse que el mozo tampoco había entendido porque era marroquí o algo parecido. Al llegar al hotel pedí hablar con el gerente, al recibirme me preguntó en un inglés perfecto si había tenido algún problema con mi estadía, le contesté que todo había estado bien, que sólo necesitaba la traducción de unas líneas. Le di la nota y al terminar de leerla me dijo, sin darme ninguna explicación, que abandonara el hotel y nunca más volviera.
  •    Me fui humillada, guardé el cuerpo del delito en mi cartera y me fui al aeropuerto decidida a no mostrárselo a nadie más.
  •    En el avión traté de olvidarme de todo, saqué un libro y me puse a leer, no pude concentrarme y al escuchar a una pareja que hablaba en francés, me sentí tentada de mostrarles el papel, pero no lo hice por temor a que me arrojaran del avión. Después de cenar proyectaron una película aburrida que me ayudó a dormir.
  •    Al despertar nos sirvieron el desayuno y nos preparamos a aterrizar. Luego de casi una hora de trámites pude al fin abrazarme con mis padres y regresar a casa. La ciudad me pareció más hermosa que nunca. Mi ciudad, mi idioma.
  •     Lo primero que hice fue llamar a mi amiga Malva. Tan pronto llegó nos encerramos en mi habitación. En vez de zambullirnos a revolver las valijas y hablar atropelladamente, como siempre lo hacíamos, la abracé y le dije:
  • --   Malva, necesito tu ayuda, sos la única en quien puedo confiar.
  • --   ¿Pero qué te pasa? Estás histérica - me dijo invitándome con un cigarrillo.
  •       Le conté lo que me había pasado en mi último día en París.
  • --  Malva, en otras circunstancias esta historia me hubiese causado gracia - le dije encendiendo el cigarrillo- pero allá me irritó, estaba indefensa, entre gente desconocida, lejos de lo mío y de las cosas que quiero. Por eso te pido que me traduzcas lo que dice el papel, palabra por palabra, necesito saber qué me escribió ese hombre y por qué me echaron de todos lados. Y por favor, no vayas a enojarte vos también.
  • --    Bueno - me dijo-. Calmate y dame el papel.
  •        Metí la mano en la cartera donde lo había guardado. La vacié sobre la cama, busqué en los bolsillos de mi abrigo, había desaparecido. No lo encontré jamás y nunca supe qué decía.

 

 

 Cuento del libro " El Boa".

Publicado por la Editorial Alción Editora.

ISBM: 978-987-646-049-8

 

 

 

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