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De libro

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De libro

Marcia acostumbraba recorrer puestos de libros usados. Un domingo fue a una plaza en busca de uno en especial que le habían recomendado. Hojeaba una novela que encontró entre las ofertas cuando una voz le dijo:
-- Ése es muy bueno.
Marcia supuso que le había hablado el librero. Levantó otro para leer la contratapa.
-- A mí también me gustan las policiales.
Ella volvió la cabeza en busca de esa voz desconocida.
-- ¿Tenés algún autor preferido?- preguntó un hombre.
Lo observó antes de contestarle
-- Bueno, sí. Mary Higgins Clark.
-- Es excelente. ¿Leíste “Me gusta la música, me gusta bailar”?- le preguntó él sonriente.
-- El título es “Le gusta la música, le gusta bailar”
-- Puede ser. Lo que sucede es que a mí me agradan las dos cosas. Me llamo Juan ¿y vos?
A ella le encantaron sus ojos moros y su sonrisa.
-- Marcia. ¿Cuál es tu escritor favorito?
-- Marcia, lindo nombre- murmuró él-. En realidad leo todo lo que llega a mis manos, ese que hojeabas es interesante.
Ella miró el libro, no conocía al autor.
-- ¿De qué trata?
-- ¿Y si vamos a tomar un café y te lo cuento?
-- Dale, bueno sí. Total me encanta escuchar historias.
Él le indicó a un muchacho que se hiciera cargo del puesto y fueron a un bar.
Fue el primero de los encuentros a lo largo de muchos meses y los dos se asignaron el derecho a hurgar en las profundidades secretas de sus vidas. No había nada más divertido para una persona curiosa como Marcia poder acceder a los libros que él vendía. Además, por suerte, su relación con Juan era más que una esperanza; una convicción que le alegraba el corazón.
Una mañana él la citó, anunció tener novedades importantes; debían verse en el lugar de siempre.
El perfume de la primavera envolvía la plaza. Marcia se sentó bajo un gomero gigante. Se había sujetado el pelo como a él le gustaba. En ese preciso momento, una nena pasó a su lado con un globo rojo, al verla ella sonrió y se imaginó que cuando tuviera una hija, tendría los ojos y las cejas negras de su novio. Estaba contenta, pero ansiosa. Intuía que, por fin, Juan iba a decirle lo que ella tanto deseaba. En eso lo vio llegar, los brazos abiertos, a su encuentro.
-- Caminemos, mi amor, tenemos que hablar- dijo Juan.
-- Sí.
En el trayecto Juan le dijo que estaba cansado del puesto de libros y que tenía una buena propuesta de trabajo. Se sentía contento con su decisión. Además, iba a tener un sueldo fijo y menos responsabilidades. También comentó que sólo podrían verse los domingos, único día franco por delante. Marcia sintió cierta inquietud.
-- Voy a extrañar no encontrarte cuando vaya a buscar libros.
-- Y yo voy a sentirme celoso pensando que andás sola entre los puestos.
Pero Marcia le dijo que de ninguna manera se oponía al cambio de trabajo, si era mejor para él.
-- Puede ser mejor para los dos. ¿No te parece?
--No, sí, claro. Lo que pasa…
--¿Qué pasa?
La idea de no verlo a diario en la plaza, le hacía sentirse mal, pero le dio vergüenza contárselo.
--No, no me pasa nada.
Durante el resto del día Marcia se olvidó.
Al despedirse ella alcanzó a ver un globo rojo perdiéndose en el cielo.
Habían pasado tres semanas del último encuentro. Marcia se iba sintiendo peor. Vagaba por los mismos lugares que recorrió con Juan, anhelaba su piel, su voz aterciopelada. Cuando por fin la llamó, antes de atender, sabía que era su amor.
Se vieron el domingo. Marcia abrazó el cuello tibio de Juan. Tocó su pelo con suavidad, como lo había hecho otras veces, pero en ese momento sintió una extraña sensación.
-- ¿Pasa algo?- preguntó.
--Tenemos que hablar.
Ella lo miró desconcertada.
--¿Vamos a un bar?
-- Mejor sentémonos acá, si te parece- dijo sin mirarla.
Ella, seria, se limitó a apretarle la mano. Él continuaba callado. Entonces ella lanzó al azar palabras que le parecieron absurdas para hacerlo salir de las casillas y arrancarle una explicación.
-- ¿Hay otra?
-- Bueno, sí. No quiero seguir fingiendo. La conocí en el trabajo. Estoy contento de que me hayas preguntado. Estoy realmente contento.
--¿Desde cuándo?
-- Un día se hizo tarde en la oficina y la llevé a la casa. Es la secretaria del jefe. Y almorzábamos juntos. No sé.
Marcia no quiso seguir escuchando. Se levantó y empezó a caminar. Tal vez esperaba que él la siguiera, tal vez, que le pidiera perdón, pero nada de eso sucedió.
En su casa no pudo recordar otra pena porque ese dolor las borraba todas. Se tapó la boca con un brazo y gritó hasta desahogarse. Después puso el concierto 532 para mandolinas de Vivaldi.
Por supuesto que durante meses estuvo pendiente del teléfono, de un encuentro casual, y en el mejor de los casos se lo imaginaba delante de la puerta.
Ahora, cuando pasea entre los puestos de libros, a veces se acuerda de él.

Liliana Arendar
Cuento del libro editado “El Boa”
ISBN: 978-987-646-049-8

 

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