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En busca de ella ( Cuento de Liliana Arendar )

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  •       En la sala de redacción el periodista se ocupaba de la sección de consejos a lectores, además de contestar la correspondencia. Tenía por costumbre recibir a todo tipo de gente que iba a confiarle sus problemas. En la mayoría de los casos su ayuda consistía en escucharlos y ofrecerles algunas palabras de aliento.
  •       Un hombre fue a verlo un viernes, ya tarde, cuando se disponía a marcharse de la oficina. Aparentaba unos ochenta años, cargado de espaldas, con una barba blanca y bolsas bajo los ojos.
  • --Si usted está apurado volveré en otro momento-dijo sonriendo- aunque con un hombre de mi edad, nunca se sabe.
  • --No tengo apuro- dijo - Por favor, tome asiento y cuente.
  •       El hombre se sentó, apoyó una carpeta sobre el escritorio y dijo:
  • --Sé que su trabajo consiste en dar consejo, pero yo no he venido para eso. También sé que usted es novelista e investigador y a lo mejor mi historia le interesa para escribir un libro.
  • --Lo escucho -dijo el periodista.
  •  --Esta es una historia verdadera. Comenzó hace muchos años en un barco carguero que venía de Europa y que transportaba pocos pasajeros. Yo había terminado mi beca en España y volvía al país. En el comedor tan sólo éramos cuatro personas que compartíamos la mesa. Justo enfrente de mí se sentaba una muchacha que también viajaba sola como yo. Tenía más o menos mi edad. Yo era tímido, pero cuando un chico y una chica se sientan juntos una semana seguidos no tienen más remedio que entablar relación. Después de algunos días empezamos a saludarnos y hasta dimos un paseo por cubierta. Supe que había nacido en Sevilla, que era huérfana y que una tía le había regalado el viaje para reunirse con su novio, también de Sevilla, que la esperaba en el puerto.
  • --¿ Cómo se llamaba ella?- le preguntó.
  • --María Vargas. Una mañana llegó tarde a desayunar y tan pronto como la vi supe que algo terrible había pasado. Estaba pálida y no comió nada de lo que sirvieron. Los otros comensales notaron también que lo estaba pasando mal y le preguntaron, pero su respuesta apenas se oyó. - El hombre metió una mano en el bolsillo y sacó un pañuelo impecable -. Después del desayuno la vi de pie junto a la barandilla y estaba tan inclinada hacia fuera que temí por su vida. Me aproximé con cautela y la nombré. Ella se sobresaltó y estuvo a punto de caerse. Al principio parecía molesta porque la había interrumpido, luego se calmó. Había cambiado, estaba demacrada, como si estuviera enferma. Le pedí que me contara lo que le había ocurrido para poder ayudarla.
  • --No, no puede - me dijo María.
  • --Más tarde ella me contó la siguiente historia - el hombre pidió un vaso de agua-. Antes de embarcar su tía le había dado dinero para sus gastos y ella lo había guardado en una bolsita amarilla junto con una libreta que parecía de juguete, donde tenía anotada la dirección de su novio. La llevaba atada, con una cinta, a su cintura. La noche anterior, mientras se desvestía, palpó la bolsita y se dio cuenta de que le faltaban el dinero y la libreta. En su lugar encontró otros papeles que antes habían estado en la valija. Tenía un camarote para ella sola y recordaba con toda seguridad que por la mañana, cuando se había vestido, los tenía. También estaba segura de que no había sacado otros papeles de la valija - el hombre hizo una pausa y tomó el agua de un vaso de papel-. Le mencioné un poco a la ligera que a lo mejor había estado con algún tripulante que podía haberle robado. María se puso aún más pálida y desde aquél día hasta el final del viaje no me dirigió la palabra. Cuando la saludaba, no me respondía. Llegué a pedirle al camarero que le pasara una nota en la que le pedía disculpas. El camarero me dijo que cuando vio la nota, la hizo pedazos. He olvidado decirle mi nombre. Me llamo Alberto Márquez - el hombre se limpió las comisuras de la boca con el pañuelo -. Al arribar al puerto, yo estaba a punto de abandonar el barco cuando vi a María llorando. Le pregunté qué le había pasado y cuando me vio sus ojos reflejaron una sensación de alivio. Al parecer su novio no había ido a esperarla.  La ayudé a pasar la aduana y la alojé en un hotel. Debo confesarle que por momentos sospeché que ella había inventado todo; el novio, el dinero y la libreta de direcciones. Disculpe señor periodista, sé que usted es un hombre ocupado, así que me remitiré a los hechos. Nos casamos. Tengo una hija suya. Viví con María seis años. Durante ese tiempo llegué al convencimiento de que estaba casado con una persona que no era de este mundo. Era muy callada, solamente hablaba cuando perdía algo, y sucedía con tanta frecuencia que, aún ahora, cuando hablo de eso, siento escalofríos - el hombre tamborileó con los dedos sobre el escritorio-. Le regalé un anillo y al poco tiempo había desaparecido. Le daba dinero para la casa y yo veía con mis propios ojos como lo metía en el monedero. Media hora más tarde el dinero ya no estaba. Cada vez que perdía algo se ponía histérica, siempre estaba perdiendo cosas.
  • --¿Consultó con algún médico? - preguntó el periodista.
  • --Lo hablé con algunos psiquiatras y ellos me ofrecieron toda clase de teorías, pero lo cierto es que las cosas desaparecían literalmente delante de sus ojos y a veces delante de los míos. Ella solía decirme que la seguía un demonio. Nuestra convivencia me hizo tener tanto miedo que solía despertarme a media noche para asegurarme que mis pertenencias no habían desaparecido. Después del nacimiento de Alicia, yo tenía la esperanza de que María cambiara de carácter, pero no. A los dos años mi hija le hacía a su madre infinidad de preguntas, ella simplemente se encogía de hombros. Pero a su manera amaba a la niña. Cuando se perdían juguetes, lo que sucedía con frecuencia, María se ponía frenética. A mí se me ocurría que mi hija parecía desorientada. Empecé a temer que hubiera heredado el destino fatal de su madre. Gracias a Dios es una mujer normal - el hombre hizo otra pausa como si se ahogara-. Disculpe, he olvidado mencionar algo importante, María tenía miedo de perder a Alicia y yo también. Un día salimos juntos al centro para hacer unas compras y dejamos a la nena con una vecina, en quién María confiaba. Quería comprarse una cartera y un vestido para nuestra hija. Yo me paré frente a una vidriera de ropa masculina, entonces María me dio la bolsa con el vestido y me dijo que iba a seguir caminando sola por la misma calle hasta encontrar lo que buscaba. Yo la miré y por un momento se apoderó de mí una sensación de miedo, como un presagio, pero desestimé la idea al verla muy segura y sonriente - el hombre se interrumpió y sonrió con amargura-. Esa fue la última vez que la vi. Recuerdo aquél día con claridad. Caminé por la calle muy despacio tratando de darle tiempo a que comprara. Cuando llegué al final, retrocedí y revisé uno por uno los negocios, y los de las calles transversales también. Sin embargo, yo ya sabía el resultado de mi búsqueda. Igual seguí caminando. De repente tuve la imagen de mi hija. Corrí desesperado a la casa de la vecina. Ni bien la mujer abrió la puerta lo primero que vi en el suelo fue la patineta de Alicia, pero no me tranquilicé hasta escuchar su voz infantil. La abracé muy fuerte y fuimos a la comisaría. El policía tomó nota de todo y me aconsejó que esperara hasta la mañana siguiente. Volví a recorrer los lugares y paseos que habíamos visitado últimamente. Varias veces retorné a la comisaría para ver si tenían noticias, pero no la encontré.
  •       Durante un rato los dos hombres permanecieron sentados en silencio, luego el periodista preguntó:
  • --¿Volvió usted a casarse?
  • --No.
  • --¿Por qué no? ¿Tanto la amaba?
  • --No era ésa la razón. Yo esperaba poder vivir lo suficiente para poder conocer la solución de este enigma, pero estoy al final del camino y no he encontrado la respuesta. Espiritualmente yo también me perdí.
  • --Es posible que ella viva aún en algún lugar o que esté muerta o que haya encontrado a su antiguo novio- sugirió el periodista.
  • --Puede ser. Como también creo que hay poderes ocultos que nadie puede explicar. Lo que le conté fue una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordinario de mi vida íntima. De alguna manera, quería dejar testimonio, quizás usted pueda publicar la historia con el enigma descifrado. Bueno, ya no le quito más tiempo. Le dejo esta carpeta con nuestros datos y fotos.
  •       Alberto Márquez se levantó de la silla y el periodista también. Se miraron durante un minuto y se estrecharon las manos.
  • --¿Volveremos a vernos? - preguntó el periodista.
  • -- Como ya le dije, con un hombre de mi edad, nunca se sabe.

ISBN:987-554-000-5

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Comentarios En busca de ella ( Cuento de Liliana Arendar )

Muy lindo el relato lo leí completo y me impresíonó al ver al anciano con la facilidad y a la edad que se casó con la niña cuando esperaba a un supuesto novio. Bueno así será pues Liliana con esta edad dudo que nos volvamos a ver. de todas manera podría ser en algún lugar desconocido.  Mira que casualidad Liliana apuremos que el barco zarpa, nuestro viaje parte desde P. Montt hacia Puerto Chacabuco en la Región de Aisén  pasamos por la Isla de Chiloé , luego llega la noche !Mira el "Caleuche" aquel barco encantado e iluminado que se nos cruza surcando las aguas ! que maravilloso se ve, ¿nos subimos al barco encantado? o continuamos al Puerto de Chacabuco después tomamos un bus a Chile Chico al ladito del Lago General Carrera en la Patagonia , allá nos casamos y quien sabe cuánto dura nuestro matrimonio mi linda Liliana Arendar. Adios que allá nos encontramos.- Héctorrene.
Hola Liliana: me gusta tu estilo y tu saber hacer, conoces como adentrar al lector sin embages ni peroratas en el relato y lo mejor es; que al final tu relato tiene vida propia.

Mis mejores deseos y q tu viaje no lo pueblen fantasmas. Embarassed





Dory
Anónimo 18/02/2008 a las 22:32
Todos podemos cada dia enamorarnos como la protagonista del melodrama , estimular el alma y su velo terrenal de todas las formas posibles, como leyendodote, por ejemplo. Sintiendo en cada parrafo una voz vestida de letras que nos dice casi personalmete, mamarrachito mio.

No hay hora que no tengamos la posibilidad de conectarnos a esa natural necesidad de dar y crear, vaya, sin haberlo pensado casi pueden ser sinonimos puestos a vivir y a volar .Hasta que Como el sr Morkoff, cuando la muerte nos visite, reirnos de ella y no entregarle ni los signos de puntuacion. Pagandole en todo caso el pasaje, que no es otra cosa que un viaje. Como la cancion, del otro lado del rio, quizas entremos a la fiesta por que siempre hay sonrisas que reencontrar. Pero hasta tanto permitaseme estirar la alas, leyendola. Hay mucha vida aun y no quiero perderme ni uno solo de sus vuelos. Ulises. 
Ulises 06/03/2008 a las 02:59
edades que a un sin fin de vidas hacen a la vida misma..........LOKI
Anónimo 17/04/2008 a las 05:45
ke historia tan bonitaaaaaaa¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡me  ha encantao¡¡¡¡¡¡
me ha encantado tu relato me he visto en el barco junto a ellos y en el despacho del periodista abriendo la carpeta para ver las fotos de esa extraordinaria familia y ver si esas cosas me llevaban a despejar ese enigma de la mujer que caminando se perdió en el mundo y no supo volver ni con su mardo ni junto a su niña. la verdad es que hay cosas que nos dejan una inquietud en el alma y que no sabemos como explicarlo.... de veras me ha gustado mucho la soltura con que lo as narrado y como podemos ver e tus lineas a cualquiera de los personajes..... mi enhorabuena amiga
Me ha gustado mucho el cuento.
Ha expresado tan bien todo cuanto ha querido decir. Me he visto ahí, en cada línea que relataba.
Simplemente perfecto.
Lorena G. Blanco Lorena G. Blanco 29/09/2008 a las 11:18
me encanto tu cuento,,, gracias por compartirlo,, pequeño trama que deja las ganas de continuar con la lectura.... felicidades¡¡¡¡
Crysty Crysty 10/07/2014 a las 00:56

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