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" El Boa" ( Cuento de Liliana Arendar )

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  •         En ese tiempo, los compañeros de oficina de Florencia, le dirigían miradas compasivas porque los rumores se trasmitían a la velocidad de la gripe y todo el mundo sabía que su amor la había abandonado, pero a ella no le importaban ni las habladurías ni los chismes.
  •      Un atardecer, al llegar a su casa del trabajo, se sintió más  inquieta que de costumbre, y de mal humor. Había pasado un mes y él volvía una y otra vez a su cabeza y también la resistencia, lo extrañaba, lo extrañaba terriblemente.  Sacó de un cajón la única foto que conservaba; de tanto manosearla, ya no la podía enmarcar. Repasó la situación.         
  •      Habían  regresado  de cenar. Florencia le recriminó, a los gritos, haber puesto sus ojos en otra mujer en el restaurante y haber roto su confianza. Él negó que fuera cierto y la miró con desagrado. Entonces  ella se encerró en el baño, tan celosa, que no fue capaz de pensar de un modo coherente. Y esperó que él le dijera cualquier cosa, algo que llenara el hueco. Pero esa vez los reproches no se apagaron en sus labios porque él no quiso clausurarlos.
  •      Poco después escuchó sus pasos,  merodeaba por el departamento sigiloso mientras reunía sus pertenencias. Cuando lo oyó salir, corrió a cerrar la puerta con llave y puso la cadena. Luego tiró a la basura una rosa que él le había regalado en el restaurante y volvió al baño. Al cabo de un rato salió porque sonaba el teléfono. Lo descolgó y enseguida volvió a colgarlo. No quería hablar con nadie.
  •      Y aunque no acostumbraba a rezar, se pasó horas solicitando su regreso, arrepentida. Quería besarlo en los labios, en los ojos y en el cuello, desvestirlo lentamente y caminar con él hacia el dormitorio. Pero nada ocurrió y sintió tanta rabia que hubiera podido arrojar aceite hirviendo por la ventana. En cambio, pasó al dormitorio y se durmió. También evocó que se había despertado varias veces en la noche.
  •      El dolor seguía todavía ahora, después de un mes. Guardó la foto dispuesta a desechar los recuerdos. Sin ánimos de pasar el resto de la tarde  encerrada, se pintó los labios   y salió rumbo al puerto.
  •      Bajó del colectivo y caminó por los muelles. Miró las gaviotas que volaban en círculo, hambrientas y una lancha que se alejaba como el sol y como el día. Se dijo: ¿Qué se supone que tengo que hacer a continuación?  Un café espumoso siempre apacigua, pensó. Y de pronto, se sintió arrastrada por una fuerza poderosa. Algo le indicaba que tenía que ir al Boa, ese bar que frecuentaban con alegría en los primeros tiempos y tan esporádicamente desde unos meses atrás.  Recordó que el salón tenía en uno de los lados un largo espejo de vidrio ahumado y viejos carteles de representaciones de teatro pegados en las paredes.
  •      Por un momento no consiguió orientarse, le pareció estar en medio de la noche, lanzada  cuesta abajo en una bicicleta, sin manos y también sin frenos.
  •      Procuró sosegarse. Entonces exploró encrucijadas y calles que tantas veces había caminado con él, pero que ahora sin embargo no reconocía. Era como si las cosas estuvieran ahí, pero cambiadas de lugar. Nada se veía igual. No tuvo fuerzas para seguir adelante. Vio el bar y enfrente la plaza.
  •      Avanzó un trecho por un sendero de piedritas y  se sentó, a la sombra de una morera, en un banco manchado con pintas violetas. Ahí se quedó por algún tiempo, indecisa, observaba a  los gorriones que escarbaban la tierra, aspiró el aire con delicia y le pareció oír el murmullo de una fuente. Pero los recuerdos afloraron otra vez.  Sabía que aún lo quería y hubiera dado cualquier cosa por encontrarlo.
  •      De pronto  se levantó,  cruzó la calle sin hacer caso del semáforo y avanzó entre los geranios. 
  •      Al entrar se miró los dientes en un espejito para comprobar que no quedaban restos de lápiz labial.  Había poca gente a esa hora. Se acomodó en la  mesa que siempre ocupaban  y puso el bolso en otra silla. Ignoraba qué loca esperanza se había despertado en ella o qué designio la había impulsado a  ir.
  •      Encendió un cigarrillo y miró los carteles desteñidos mientras pensaba que era absurdo haber vuelto a ese lugar, le pareció ver el nombre  de él garabateado  con lápiz sobre la mesa. Era como si  hubiera estado ahí  con su firma provocadora. No podía ser posible. Debía de una vez y para siempre quitarse el chaleco de fuerza.
  •      Aplastó el cigarrillo en el cenicero y pensó que El Boa nunca le había gustado y que era perjudicial para las neuronas pasarse mucho tiempo cerca de un nombre tan venenoso. Y  que sólo había ido en otras ocasiones  con tal de  complacerlo a él.
  •      Pero algo empezó a crepitar en su cabeza, como si hubiera una tormenta eléctrica en las cercanías o un cable suelto. Se frotó la frente pero no pudo evitar volver a los recuerdos; al momento en que  se conocieron, el acercamiento de gustos, planes y sueños. El romance de cine que tuvieron y las peleas por el sólo placer de amigarse. Los proyectos imaginarios de tener hijos, una casa con jardín, un crecimiento profesional.  Y luego la separación sin eco, absurda. Sintió náuseas, cerró los ojos y luchó por recobrar su cuerpo.
  •      Avergonzada, se secó los ojos cuando el mozo se acercó. Le pareció reconocerlo por sus numerosas patas de gallo oscuras que contrastaban con el pelo blanco peinado hacia atrás. Pidió un café doble. Se sentía molesta pero después se dijo: “Bah, qué me importa lo que pueda pensar de mí”. 
  •      Había  huido del reproche de sus amigos  y de los comentarios en la oficina. Ya no quería oír nada más. Con rabia, desprendió una mariposa de plata prendida en su hombro que él le había regalado. Mientras la guardaba en su bolso, el mozo le trajo el café. Se quedó parado a su lado, observándola sin disimulo. 
  •      -- Disculpe, me parece haberla visto por acá en otra ocasión- dijo.
  •      -- Puede ser. Estuve hace mucho tiempo, tiene buena memoria.
  •      Él sonrió. Florencia le devolvió la sonrisa y lo escrutó nerviosa.
  •      -- Mi trabajo es muy monótono y mi única diversión es hablar.
  •      -- Pues se equivoca, yo nunca conversé con usted.
  •      -- Sí, es cierto. No estaba sola.
  •      Florencia lo miró con interés, se llevó el pocillo a la boca pero inmediatamente lo depositó de nuevo en el plato y sacó otro  cigarrillo de su bolso.
  •      -- ¿Pero cómo es posible que se acuerde tanto?
  •      El mozo le dio fuego y le comentó que nunca olvidaba a la gente.
  •      -- Entonces  debe acordarse del hombre que me acompañaba.
  •      -- Sí. También de una tarde invernal en que bebieron cognac y se los veía felices.
  •      Florencia sintió que su frente se  humedecía como sus manos. Se quedó callada un momento decidida a no dejar escapar su dolor.
  •      -- Fuimos. Pero ahora estoy sola.
  •      Sus  miradas se entrecruzaron y ella percibió su compasión.
  •      -- Lamento saberlo, pero yo que usted no me preocuparía.
  •      Florencia resistió la tentación de contestarle en forma abrupta porque sabía que era territorio prohibido.
  •      -- Preocupada, no. Estoy triste.
  •      -- ¿Y cómo sabe que él no?
  •      Ella lo miró con desconfianza.
  •      -- Es lo que se dice siempre.
  •      -- No, es lo que vi yo.
  •      -- Me imagino, acompañado- contestó ella entre la esperanza y el miedo.
  •      Una sonrisa astuta plegó los párpados del mozo.
  •      -- No. Tomó un café  y charlamos un rato.
  •      Florencia advirtió de inmediato que el mozo podría llenar los espacios en blanco sin que tuviera que pedírselo.
  •      -- ¿Y qué le dijo?
  •      -- Que se sentía triste y solo – contestó  y retornó a su trabajo.
  •      Florencia buscó el broche en su bolso. Salió del bar. La mariposa se alzó majestuosa, envolvió todos sus deseos y la llevó a un lugar donde él podía alcanzarla.

            Liliana Arendar

          Cuento del libro " El Boa ". Editado por Alción Editora.

         I.S.B.N: 978-987-646-o49-8

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