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Avisos clasificados ( Cuento de Liliana Arendar )

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  •       Los gordos somos discriminados. En los aviones las camareras se horrorizan si me paro en el pasillo. Nadie puede interrumpir el servicio, y menos una gorda. En los negocios sólo tienen talles chicos. En el supermercado nos miran el carrito, sonríen contando las calorías. Pienso que el mundo entero está lleno de gordas que queremos otra suerte; ninguna es voluntariamente así, y tenemos tantas puertas cerradas por un problema aparentemente tan inocuo: centímetros de más. Lo delgado como valor supremo. Por todo eso es que elegí esta profesión.
  •      Tuve que aprender sola, por correspondencia, porque cuando quise inscribirme en una academia, una mujer flaca que parecía una secretaria, simuló mirar unas listas con sus ojos saltones, antes de decirme que no había más vacantes. Esto me ocurría siempre, era algo obligado. Recuerdo ese día frío y gris, de los que suele hacer en otoño, días en que el cielo está cubierto por un vapor espeso y sereno y no hay un rayo de sol ni una gota de lluvia. No había viento tampoco, sólo un frío en el aire que parecía morderme la cara.
  •      Aquel día compré todos los libros que pude conseguir y me dediqué a estudiarlos, además de solicitar cursos por correspondencia. No fue fácil, pero era mejor que estar en una academia y que se burlaran de mí. Durante ese tiempo sólo salía para comprar comida o visitar a mis padres. Yo miraba ese mundo denegado a través de los cristales de mis anteojos. Mi incesante asombro ante los hombres por no acabar nunca de conocerlos, y mi miedo a que la dirección de las miradas se invirtiera y en una de ésas los otros se pusieran a examinarme a mí.
  •      Por fin después de dos meses recibí por correo mi título y credencial de detective. Puse avisos en los diarios durante una semana.
  •      Una mañana, estaba tumbada en mi cama, cuando sonó el teléfono. Era una mujer, había algo desesperado en su voz, y su reticencia a darme explicaciones por teléfono despertó mi curiosidad. Le dije que viniera a verme a mi oficina al día siguiente a las diez de la mañana.
  •      Mi oficina es mi casa, subo la cama y la guardo en un ropero, sólo queda a la vista un escritorio, tres sillas y un sillón. No tengo animales domésticos ni plantas.
  •      Por la mañana me puse una túnica roja con flores blancas y esperé a mi primer cliente.
  •      Era una mujer bajita, pelo rubio ceniciento, mucho carmín en los labios y sombra azul en los párpados, aparentaba unos cuarenta años y estaba claro que no llegaba a los cincuenta kilos. Al principio no dije nada; me limité a abrir la puerta y la hice pasar.
  • --Me llamo Isabel Fuentes.- me dijo-. Leí su anuncio en el diario del domingo.
  •      La invité a tomar asiento y le sonreí, mientras pensaba si me habría puesto la túnica correcta para la entrevista.
  • --Estoy preocupada porque mi compañera de oficina, Virginia Sosa, falta al trabajo desde hace unos días.
  •      Yo elegí las palabras cuidadosamente, en la forma en que lo haría un buen detective.
  • --¿ La buscó en su casa?
  • --En su casa no está, me lo dijo el portero.
  •      Hubo un silencio entre ambas mientras yo trataba de pensar cómo seguir.
  • --Pensé- me dijo- que los detectives siempre apuntan las cosas que uno dice.
  • --Conozco mi trabajo -le dije-.  Hábleme de ella.
  •      Pensó un momento frunciendo las cejas. Después estudió mi cara como si estuviese tratando de formarse una idea. Luego sus palabras salieron como un chorro:
  • --Virginia salía con hombres que ponían avisos en una revista mensual para solteros. Cuando me enteré, al principio, lo tomé como una broma. Ahora no estoy segura de que fuera tan inofensivo -su voz pareció temblar un poco-. Me propuso que hiciera lo mismo, pero yo me negué.
  • -- Ya entiendo - dije.
  • --Virginia me dijo que, si por alguna razón el hombre no le gustaba, lo único que tenía que hacer era tomar una copa y después decirle que se iba porque tenía otro compromiso.
  •      La mujer se puso a llorar. Yo me levanté rotando los hombros, sentía que mi cuerpo era una masa de nudos.
  • -- ¿Quiere un café?
  •      Asintió con la cabeza, relajándose de un modo casi imperceptible. Saqué la cafetera del armario y la llené con agua, puse el filtro de papel, café molido y enchufé el aparato. El gorgoteo resultaba tranquilizador como el burbujeo de una pecera.
  •      Isabel se secó los ojos y retocó sus labios. Saqué dos tazas y las llené cuando el café estuvo listo. Ella tomó la suya y me dio las gracias en voz baja.
  • --También quiero contarle que Virginia, todas las mañanas, lloviera o no, salía a correr por el parque cercano a su casa.
  •      Yo simulaba concentrarme mientras pensaba en la siguiente pregunta. Ella tomó un sorbo de café y depositó la taza en el borde del escritorio.
  • --¿Hay alguna forma de entrar en el departamento de la Sta. Virginia?
  • --El portero tiene llaves- me contestó.
  • -- ¿Quién más tiene llaves?
  •      La mujer se encogió de hombros. Estuve tentada de pedirle un anticipo por mis servicios exclusivos, pero no me animé. La invité para que me acompañara a inspeccionar.  
  •      Ella asintió y salimos juntas hasta mi auto que estaba estacionado frente a mi casa. Me senté con dificultad en mi lugar, ella se desplazó armoniosamente en el asiento del acompañante. Me dio la dirección mientras yo le pedía mentalmente a mi viejo citroen que arrancara, se quejó cómo siempre del peso. La hora pico del viernes me ponía nerviosa, paramos en un semáforo. Un golpecito en la ventanilla hizo que mirara cansadamente a la derecha. Una cara barbuda me sonrió al tiempo que un trapo empezó movimientos sobre el parabrisas. Negué con la cabeza, el trapo cayó con fuerza sobre el capot. A las pocas cuadras, pinché un neumático. Cuando conseguí bajar del auto, nadie se ofreció a ayudarme, me pareció que Isabel aprovechó para acomodarse mejor en su asiento, y retocarse los labios tuve ganas de pegarle. 
  •      Al llegar ella salió del auto con una tranquilidad absoluta mientras yo levantaba las ventanillas y trataba de recordar desesperada las precauciones que había que aplicar en casos como éste. Isabel se acercó al portero para pedirle las llaves. En el ascensor me puse un par de guantes temblando, lamenté no haber llevado una lupa. Ella me dio las llaves y abrí la puerta medio esperando que me rompieran la cabeza de un porrazo. A tientas busqué el interruptor y cuando los tubos comenzaron a iluminarse, me permitieron ir descubriendo el ambiente, expulsé todo el aire que había retenido en mis pulmones, no había un cadáver.
  • --No hay nada fuera de lugar- me dijo Isabel.
  •      Eché un vistazo al departamento. La cocina, pequeña, con varios vasos sucios con huellas de pintura de labios en la pileta. Las huellas dactilares serían fáciles de encontrar, pensé; harían una buena pista, o quizá una pista falsa. Volví de nuevo al ambiente y reparé en el contestador, había una llamada pendiente, oprimí una tecla para escuchar, un hombre había dejado un mensaje. Era una propaganda de un cementerio privado.
  • --¿Encontró algo?- preguntó Isabel.
  •      Negué con la cabeza. Sus ojos se encontraron unos instantes con los míos y se puso a parpadear, mirando primero al suelo y luego a mi izquierda.
  • --Yo sí -dijo- y me dio una carpeta marrón.
  •      La abrí, contenía recortes de periódicos. Números de teléfonos y nombres habían sido marcados con un círculo, además estaban escritas sus impresiones sobre los hombres con quienes había estado saliendo. También había una foto de Virginia de pie enfundada en un conjunto ajustado de lycra color lila. Parecía una modelo de la revista Caras. Isabel me miró para comprobar si me impresionaba, pero me limité a sonreírle. Yo no sabía qué hacer ni qué decir, así que guardé silencio, noté cómo me miraba con impaciencia.
  • -- Es mejor salir para seguir investigando- le dije.
  •      Isabel salió al pasillo. Me puse la carpeta bajo el brazo, apagué las luces, cerré con cuidado la puerta y recién ahí me saqué los guantes. Salimos a recorrer las confiterías cercanas al parque con la foto de Virginia. Un mozo la reconoció pero no se acordaba si aquél día iba acompañada.
  •      Para ganar tiempo, la invité a Isabel a tomar un café en ese bar. Le pedí que volviera a contarme la historia. Yo estaba agotada, con los pies hinchados y totalmente desorientada, no tenía ningún comentario que hacer, asentía de cuando en cuando con la cabeza. Después de una hora, Isabel se puso su abrigo y se despidió. No sé por qué pero me pareció advertir decepción en su mirada.
  •      Yo pensé que valdría la pena husmear un poco más en el departamento de Virginia para ver si daba con otra pista suya. Me costó un singular esfuerzo caminar hasta ahí, llegué sin aire.
  •      El portero estaba recostado en la puerta, fumando, me miró de arriba abajo, sin prisa, sin interés, como si estuviera mirando un trozo de carne fría.
  • --Necesito entrar al departamento otra vez- le dije.
  •      Sonreí. No le gustó mi sonrisa y sus ojos negros se tornaron desagradables. Se miró las uñas, una por una y habló sin quitarse el cigarrillo de la boca.
  • --No puede, además, estoy ocupado, tengo trabajo que hacer.
  •      Basura, pensé, si yo fuera platinada y usara minifalda se hubiera derretido como un mantecado al sol de verano.
  •      Evidentemente perdí mi aplomo y le dije;
  • -- Dudo que haya conocido en mi vida a nadie más divertido que usted.
  •      Subí a mi citroen para volver a mi casa. Nada más entrar, me serví un vaso de vino y me puse cómoda para revisar la información acumulada hasta el momento. Me quité los zapatos de una sacudida y clavé la foto de Virginia en la pared. Me quedé mirando su resplandeciente sonrisa por unos momentos hasta que me senté y abrí la carpeta con los datos y sus impresiones. Me acordé que de esa manera salen a la luz contradicciones llamativas, vacíos inesperados, puntos que pude haber pasado por alto. Tomé un par de notas y volví a repasar la lista. Al llegar al nombre Walter sentí una inquietud. Me dije que tal vez mi olfato de detective estaba funcionando. Busqué el número anotado. Titubeé, me decidí y llamé. Hubo cuatro timbrazos, pero sentí una punzada de miedo y colgué. Quise buscar tranquilidad, una manera de eludir la inquietud que sentí. Me serví más vino, tenía que seguir adelante.
  •      Recordé una de las definiciones que había aprendido: "no se debe formular ninguna hipótesis prematura para que no influya en el rumbo general que se debe seguir en la investigación". Finalmente como no se me ocurría nada busqué en los apuntes del curso y en novelas policiales un caso parecido pero fue inútil. Había estado pensando todo el día y no había llegado a ninguna parte. Cerré la carpeta a continuación y la dejé encima del escritorio. Me tumbé sobre la cama, con una bolsa de caramelos, para mirar una película de suspenso en la tele.
  •      A los dos días llamé a la oficina para tratar de remontar mis investigaciones. Isabel me dijo que no podía recibirme, que volviera a llamar la semana entrante. Era evidente que ya no esperaba nada de mí. Mi estado de ánimo no era el mejor, hubiera querido transportarme a mi infancia, a la condición de niña que comprendía que no era lo bastante fuerte para jugar a cosas de adultos.
  •      Aún así, decidí volver al bar del parque para hablar con el mozo. Me dijo lo mismo. Traté de caminar tan rápido como mi voluminoso cuerpo me permitía. A lo mejor podría recorrer el mismo circuito que hacía Virginia, tal vez eso me diera alguna idea, pero me cansé tanto que decidí tomar un taxi. Mientras esperaba escuché voces de chicos que salían de un colegio, presté atención a lo que decían. Comentaban que estaban preocupados porque un compañero se había perdido. Por un instante tuve ganas de acercarme y ofrecer mis servicios. Pero al ver a los chicos, tan chicos, reflexioné que iba a tener que tratar con madres jóvenes, flacas y felinas. De sólo pensarlo me bajó la presión y me derrumbé en la vereda. Oí pasos que corrían hacia mí, dos hombres me ayudaron a levantarme.
  •      Al otro día por la tarde guardé la foto de Virginia y constaté si mi credencial estaba debidamente prendida en la solapa de mi cartera. Estacioné el auto en un estacionamiento para recorrer lentamente los bares aledaños a su trabajo. Entré en uno muy cercano a la oficina y le mostré la foto al mozo.
  • --Cómo no la voy a conocer si salió hoy en el diario. Trabajaba acá al lado, pobre chica.
  •      Sentí un escalofrío repentino, no supe qué pensar. Se lo pedí y mientras esperaba me maldije por la equivocación que había cometido, un detective siempre tiene que investigar las noticias en los diarios.                      
  •      Leí que la habían encontrado en su auto, que todavía había dudas pero un registro minucioso de su auto aportaría datos que permitiría apresar al asesino.
  •      Me alejé del bar y tomé asiento en un banco de una plaza mientras me frotaba las sienes. Pensé que estaba haciendo la idiota por culpa de Isabel, no me había contado que Virginia tenía auto. Estaba segura de que si yo hubiera inspeccionado la cochera, la hubiera encontrado antes que la policía. Un perro se acercó al banco y dejó un charquito, salpicándome la túnica. Mojé mi pañuelo en un bebedero y limpié la mancha, como el perro me seguía, decidí entrar en una confitería.
  •      Estaba hambrienta. Había pasado todo el día tratando de investigar y no había conseguido nada. Ya era de noche y había poca gente en las calles. Caminé hacia el estacionamiento con pasos silenciosos, escudriñando la zona en busca de algún policía, por si acaso. En la entrada la garita del sereno estaba vacía. Me acerqué a mi auto y cuando iba a abrir la puerta, me pareció que una mano me tocaba. Asustada, me tiré en el asiento tan rápido como pude. Un sudor me brotó por todo el cuerpo, sofocándome. Tintinearon las llaves mientras trataba de encender el motor. Arranqué, salí inmediatamente con la marcha atrás y me dirigí a mi casa.
  •      Pensé mientras conducía que había perdido el caso. De lo único que estaba arrepentida era de no haberle dicho de entrada a Isabel como el detective Marlowe:
  • --Cobro a razón de cuarenta dólares diarios, por adelantado. Aparte de los gastos, claro está.
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