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Aguas cristalinas ( Cuento de Liliana Arendar )

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  •          Carolina durmió acurrucada en el asiento con la cabeza apoyada en la ventanilla durante las catorce horas que duró el viaje. Un empleado la esperaba en la plataforma con un cartel con su nombre para llevarla al hotel. Sobre la cama de su habitación había una bata de toalla blanca, en la solapa estaba pinchado el programa de actividades para la mañana siguiente. Entró en el baño y se quedó mirando su imagen en el espejo que ocupaba la mitad de la pared sobre la inmensa mesada de mármol. Notó signos de cansancio alrededor de sus ojos y tirantez en torno a su boca.
  •          Se dio cuenta de que era tarde para nadar en la pileta olímpica. Desempacó sus cosas y pidió un café por teléfono.   
  •          Más tarde aprovechaba el jacuzzi y el vapor al mismo tiempo. Con los ojos cerrados y la cabeza sobre una toalla plegada, sintió que la tensión cedía. Los sollozos estremecieron su cuerpo joven y delgado.
  •          La despertaron a las siete de la mañana. En el comedor no vio a nadie conocido entre los huéspedes. Terminado el desayuno salieron todos para ponerse a merced de un instructor que, después de darles la bienvenida, les dijo;
  •          -- En marcha y recuerden por favor, paso vivo y respiración profunda.
  •          Empezaron a caminar. Formaron una hilera por un sendero que conducía a la montaña. Iban en silencio, sólo se escuchaban las respiraciones jadeantes por el esfuerzo. Cuando llegaron a la cima, el sol había dispersado toda la niebla de la mañana. Descansaron un rato mientras el instructor les señalaba los bosques vírgenes, los ríos temblorosos, un pueblo. Carolina se apartó del grupo y comenzó a descender muy rápido como si quisiera llegar primero. Pero a la mitad de camino sintió un calambre y dejó de correr. "Estoy fuera de forma, tengo que comer menos y hacer el programa más intensivo"; se dijo.
  •          Una mujer gorda, baja, sonriente, con su remera transpirada y pegada al cuerpo se le acercó. Le dijo que se llamaba Aída, que era la segunda semana que estaba ahí y que no iba a volver a su casa hasta adelgazar quince kilos. Que estaba muy cansada pero que no pensaba aflojar porque quería estar flaca para la fiesta de casamiento de su hija.
  •          Llegaron al hotel, Carolina decidió quedarse sentada afuera. Se acomodó en uno de los extremos de un sofá hamaca, y empujándose con un pie en el suelo comenzó a balancearse. La mujer se sentó en una silla con las piernas separadas, abanicándose con las manos. Un camarero les ofreció agua mineral. Cuando la mujer le preguntó los motivos de su estadía, Carolina se puso de pie y le dijo que tenía cita con la masajista. La mujer dejó de sonreír y toda la miseria y el cansancio del mundo se pintaron en su cara.
  •          En el interior del hotel, mujeres y hombres de todas las edades y formas corrían de un lado al otro sobre el suelo de baldosas, enfundados en sus batas de toallas para llegar a tiempo a la siguiente cita.
  •          Carolina se acostó en la camilla acolchada. Las manos poderosas de la masajista empezaron a trabajar sobre su cuello. Sometida a sus dedos expertos logró relajarse. Reconoció la voz de la mujer del parque que se quejaba en otro gabinete del poco efecto que le hacían los tratamientos.
  •          En la clase de baile saltaron de un pie al otro y dieron patadas al aire al compás de una Polca y una danza africana. Carolina observó que Aída se estaba esforzando tanto que parecía al borde de la asfixia. Se sorprendió cuando la vio salir un poco más tarde de la clase de gimnasia caminando con la vacilación de los ancianos y masajeándose las piernas, llevaba el dolor reflejado en su cara.
  •          La volvió a encontrar sentada en el corredor que llevaba a las salas de belleza facial. Estaba pálida, envuelta en su bata. Carolina hubiera pasado sin dirigirle la palabra, pero Aída la tomó del brazo y le repitió que no iba a parar hasta adelgazar quince kilos para el casamiento de su hija. Carolina asintió con la cabeza y siguió su camino.
  •          Los camareros ponían las mesas para el almuerzo alrededor de la pileta olímpica. Las sombrillas rayadas en tonos suaves de verde hacían juego con las baldosas. Había algunos huéspedes dispersos esperando para almorzar. Cuando Aída vio aproximarse a Carolina tendió los brazos en gesto de bienvenida.
  •          Carolina se zambulló en la pileta. Había hecho cinco largos y le latía el corazón con fuerza, pero sintió que empezaba a calmarse; entonces se volvió de espaldas y flotó. Subió la escalerilla y se extendió en la reposera de cara al sol sin probar el almuerzo. Aída la miraba sin sonreír.
  •          En su habitación, Carolina estuvo tentada de dormir un poco, pero en cambio decidió continuar con las actividades.
  •          Esa noche el comedor estaba decorado con manteles y servilletas blancas, los centros de mesa con rosas amarillas. Carolina sólo probó caldo, se retiró a su habitación y se dejó caer sobre la cama, agotada.
  •          Después de las extenuantes clases de ejercicios y los relajantes tratamientos de belleza, la mayoría de la gente se retiraba temprano a dormir.
  •          Al otro día se despertó a las cinco. Sintió ganas de quedarse en la cama pero al verse en el espejo cambió de parecer. Decidió hacer mucho más que el programa completo. Se puso el traje de baño y salió sin hacer ruido; cuando abrió la puerta exterior sintió escalofríos.
  •          Los jardines estaban tranquilos y los senderos iluminados por las luces de los faroles. Las estrellas habían quedado ocultas tras las nubes y la luna había desaparecido. Corrió y se detuvo junto a las vallas que rodeaban la pileta olímpica. Las reposeras, las mesas con sus sombrillas eran sólo siluetas oscuras.
  •          Dejó la bata y estudió con atención el agua negra. No había nadie. Se sumergió y nadó hasta un extremo, giró y nadó de espaldas. Entonces sintió que desde el fondo unos brazos la aprisionaban. Al abrir la boca por la sorpresa tragó un poco de agua. Mientras tosía luchando por respirar, se sintió arrastrada hacia el fondo.  Comenzó a golpear con los talones y sintió algo blando que retrocedía, entonces empezó a usar también los codos, pero no encontró resistencia. Los brazos que la sostenían parecieron haber aflojado y consiguió subir a la superficie. En ese momento los brazos volvieron a envolverla. Con un esfuerzo desesperado giró y golpeó con los puños algo que le pareció una cabeza. Golpeó, golpeó, golpeó y, con el último esfuerzo, consiguió nadar hasta la escalerilla.
  •          Después corrió, no se detuvo a mirar atrás ni tampoco le importó el estruendo de una mesa con sombrilla que atropelló en la carrera.
  •          Amanecía. En las puertas del hotel encontró a un instructor.
  •          --En la pileta - dijo Carolina, casi sin respiración.
  •          --¿En la pileta qué?
  •          --En la pileta.
  •          El instructor la miró sin entender.
  •          En su habitación siguió tosiendo y tardó mucho en recuperar el aliento. Quería empacar e irse. Se puso a pensar si no lo habría imaginado todo, ya le habían pasado cosas similares después de muchas horas de ayuno. Era tan simple como eso. Pensó cuándo tendría la oportunidad de regresar al lugar, si es que alguna vez volvía. Por las dudas decidió que esa mañana desayunaría mejor. Se propuso quedarse unos días más; antes de salir para el comedor, se aplicó con cuidado brillo en los labios.
  •          Estaba llegando a su mesa cuando vio que Aída la ocupaba. Comía una medialuna con la cabeza baja, pero Carolina no pudo dejar de advertir dos moretones que tenía en la cara.    Entonces entendió e instintivamente dio un paso atrás. Aída ahora sonreía y con gestos la invitaba a sentarse a su lado.

ISBN: 987-554-000-5

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Comentarios Aguas cristalinas ( Cuento de Liliana Arendar )

dichos sin palabras
marcas de torturas o amores
dos vidas que querian ser
tan solo eso
dos vidas disfrutando
de ellas
                   LOKI...
luis maria 15/05/2008 a las 00:13

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