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Adiós a Susana Silvestre ( Cuento)

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  • El pronóstico había anunciado alerta meteorológico para  aquella tarde del dos de marzo, lluvias torrenciales y posible granizo sobre Buenos Aires.  La tele mostraba una nube oscura, con forma de hongo, colgada sobre el río de La Plata. Tromba marina, la llamaban.
  • Qué podía hacer yo ante aquel panorama, sino quedarme en mi casa. Allí me sentía protegido de lo que podía desencadenar aquella nube.  Estaba lejos de la costa del río, debería destruir media ciudad para llegar hasta mí, y eso me sonaba casi imposible. Además, la distancia entre mi puerta y la calle es de unos treinta metros, y lo único que me comunica con el mundo exterior es un hueco que está sobre el patio, y que por el cual veo un pedazo de cielo los días que hay un buen sol.
  • Tenías mis cuentas al día y la cena asegurada. Tampoco me esperaba un lunes complicado: lo único que lamentaba era que esa noche no iba poder reunirme a comer con mis amigos, en la parrilla de la calle Monroe, como lo hacemos desde hace años.
  • No me quedaba más que distenderme y disfrutar de una buena lectura. Así lo hice. Busqué una silla de plástico y la puse justo debajo del balcón del departamento de arriba, para que cuando comenzase a llover no me mojara, no hay nada más lindo que ver caer el agua cuando uno esta protegido.
  • No recuerdo que libro había elegido ni en que página estaba el señalador. Lo que recuerdo es que en ese mismo instante sonó el celular. Atendí y una voz desconocida preguntó por mí. Tardé unos segundo en responderle. Que raro, me dije, que alguien desconocido pregunte por mí un domingo por la tarde.
  • Soy Eduardo, el hermano de Susana Silvestre, me dijo la voz, una vez  que me di a conocer. Era parta avisarte que Susana murió.
  • La lluvia había empezado y yo no me había dado cuenta. Escuché a mi sobrina decir que nos estábamos inundando. Era cierto, el agua estaba apunto de superar el nivel de los umbrales de los cuartos que dan al patio. Susana había muerto y yo no podía detenerme a pensar en ella.  El agua entraba a borbotones por debajo de la puerta, la abrí y salí al pasillo. Mi vecina de enfrente sacaba el agua de su casa y la tiraba a la mía. Yo agarré un secador y empecé a hacer lo mismo. Parecíamos dos estúpidos en un juego también estúpido. El resto de los vecinos hablaban de la “tromba marina” mientras trataban de destapar el caño que desagotaba la terraza.
  • Empapado de la cabeza a los pies seguía tirándole el agua a mi vecina, nadie se había dado cuenta de que estaba llorando. Por fin alguien destapó el caño obturado. Mi vecina dejó de tirarme el agua, y yo dejé de tirársela a ella. El que había destapado el caño festejaba; con la mano en alto les mostraba a los demás la mugre que había sacado, el tipo se sentía un héroe.
  • Mis vecinos volvieron a sus casas a seguir mirando la tromba por la tele. Yo sentía que la tromba se había instalado en mí. Había entrado con la voz desconocida por el hueco que hay sobre el patio.
  • Ahora podía pensar en Susana. Empecé a recordarla desde cuando la conocí, mejor dicho, desde cuando hablé  por primera vez por teléfono con ella. La imaginé a través de su voz áspera, rayando la disfonía. Se me figuraba una mujer mayor, de caderas anchas y con dificultad para caminar. Un departamento viejo, con muebles importantes y también viejos. Quedamos en que  volveríamos a hablar  la semana próxima para concertar una entrevista. Al rato la estaba llamando para que nos viéramos al día siguiente.
  • Fui puntual con el horario que habíamos arreglado. El portero eléctrico me confirmó la misma voz áspera que había escuchado el día anterior. Pensé que tardaría en llegar hasta la puerta.
  •  Nada se pareció a lo que yo había imaginado. No había caderas anchas ni dificultad para caminar. Tenía un cuerpo delgado y un hermoso pelo castaño que caía a los costados de una cara de sueño.
  • En los cuatros años siguiente conocí a Susana desde adentro. Su talento, su amor por la literatura y sus principios innegociables.  Pero fundamentalmente conocí su coherencia, nada menos que  en tiempos que escasean los que hacen y dicen lo que piensan.
  • También conocí su espíritu rebelde que la apartó de la manada. Su crítica acida y a la vez constructiva.  Y porqué no, su locura, o su mal carácter, que la elevaba de cero a cien en segundos. Hubo idas y venidas, acuerdos y desacuerdos.
  • Con la enfermedad conocí sus flancos vulnerables. El miedo en sus ojos cuando salimos del hospital, con la peor noticia casi confirmada. Café de por medio descubrí a una Susana con la guardia baja, capaz de aceptar  el abrazo que no me atreví a darle.
  • Días después encontré a la Susana que me había descrito su voz, sólo le faltaban las caderas anchas.  La cama del hospital parecía quedarle grande. Sin el pañuelo, que remplazó a su hermoso pelo castaño, era difícil poder imaginar a la otra Susana.
  • Después de enterarme de su muerte tuve una noche de sueño intermitente. El lunes fue un día doblemente triste de lo que suelen ser los días sin sol.
  • Llevé la manija de su ataúd hasta la tarima en donde los curas encomiendan  a las almas al cielo. Ayudé a introducirlo al nicho. Todo aquello no me produjo nada, era como si fuese un empleado del cementerio y no supiera a quién dejábamos adentro de aquella caja.
  • El martes recuperé mi rutina con un agregado, el permanente recuerdo de Susana. Tan libre que eligió el día y el modo de morir.
  • El miércoles, la lloré.

          Nestor Bustamante

 

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